En busca de los felices ’20


Pronto se cumplirá un siglo desde que Manuel López Farfán compusiera aquellas dos marchas que cambiaron, para siempre, la música cofrade: Pasan los campanilleros y La estrella sublime. Aquellas piezas supusieron una verdadera revolución en la década de los 20, los felices 20, del pasado siglo. 

Eran los años de la Edad del Jazz en Estados Unidos. De una eclosión de felicidad, que se derrumbaría como un castillo de naipes al final de la década, para entrar en uno de los periodos más terribles de la historia de la humanidad. Pero, hasta que eso sucedió, Scott Fitzgerald llevaba los cuellos de la camisa perfectamente almidonados y escribió algunas de las mejores novelas que he tenido la suerte de leer. Entre tanto, como un localismo exquisito, Farfán -mi querido Farfán- introdujo las cornetas en las marchas, para cambiar un paradigma que, aun hoy, guarda intacta su vigencia.

Las revoluciones nacieron y murieron en las siguientes décadas y, llegados a este punto, ahora nos hallamos a las puertas de otros 20 que, ni por asomo, se antojan felices. El mundo ha cambiado. El salto al infinito de la tecnología nos empuja al vacío individualista más absoluto. Nos arrastramos hacia la nada más absurda sin apenas protestar y, lo peor, sin ser conscientes y sin que nos importe.

Ya no quedan emblemas, mientras contemplamos el absurdo si haber leído a Sartre, para dilucidar el peligro que nos acecha. Nuestra propia noche ha caído con su telón invisible y, lo peor, creemos que es de día. Y así, cualquier uso absurdo del lenguaje nos parece cool y lo contemplamos con el pasmo -que no el de Triana de aquellos 20- de la naturalidad. Cualquier involución es aceptada sin más, mientras pasa el telediario. Cualquier líder sin más proclama que la de su cara ante el espejo nos parece digno de ser votado y todo sigue. Cualquier cuestionamiento del sistema -siempre patricarcal, que hay que ser feminista- es válido, sin apercibirnos del peligro que nos acecha el día que nos afecte. Cualquier poblado puede ser nación y cualquier ciudad un reino independiente, y si te opones, cualquiera puede llamarte facha sin saber -tan siquiera- el significado de la acepción.

Llega la década de los 20 con esa amalgama y mucho más. Disfruten.

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