Dell’orologio

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La vida es un reloj sin cuerda visible. El tiempo es el único enemigo, contra el que nadie puede y que dictamina su cuenta atrás, mucho antes de que nosotros seamos conscientes de su existencia invisible. Conforme pasa, los días son más oscuros. La pituitaria busca los aromas del pasado y el cerebro reconstruye eso que convenimos en denominar memoria. 

Apenas recuerdo cuatro o cinco olores de mi pasado, de la infancia que no ha de volver. El de aquel Land Rover del panadero del pueblo, el de la leche a punto de hervir, el de la dehesa cuando anochecía, el de la almazara al amanecer y una amalgama que engloba todos aquellos años.

Imágenes hay muchas, descontextualizadas. Recuerdo rostros, acciones, miradas y objetos de aquella diáspora que fueron mis primeros años de vida. Las ramas de un árbol en la ventana, una silla ochentera en la cocina,  los pasillos mortecinos del colegio, que era de los verdes en el parvulario, el albero de mi calle, y el pino gigantesco -así me lo parecía-, los restos de luz del tubo de neón en el pasillo que tanto miedo me daban cuando me acostaba cada noche. Y un bar donde esperábamos a que llegara la catalana.

Había botellas de brandy y una pared macilenta en aquel local. Un reloj en el que sólo parecía moverse el segundero y un tiempo de espera que se me hacía eterno. El mismo tiempo que ahora echo tanto de menos, porque lo siento perdido.

Dell’orologio se llama el café de Roma donde he vuelto a los sabores de la otra vez que estuve aquí y, donde en sus paredes, ese tiempo se empecina en jugar conmigo a un acertijo que sigo sin entender. Ese bar, traducido se llama el reloj. Una suerte acertijo de una paradoja de mi propio devenir. El silencio solo se rompe con una canción en la radio, en la que se escucha a Sergio Dalma cantando en italiano. La vida es un reloj y sus manijas somos nosotros.

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