Caníbal


Así llamaban a Eddy Merckx por su afán de ganar hasta aquellos memorables premios de las metas volantes. Fue todo un icono no solo del ciclismo de una época, sino de una sociedad occidental, que crecía en busca de su punto álgido. Regada por unas cotas de nihilismo y relativismo, que anunciaban la posverdad que nos habría de sobrevenir e inundar cada aspecto -hasta el más cotidiano- de nuestras vidas.

Una sociedad que se ha llenado de caníbales, de personas -o personajes- deseosos de egolatría. Pero eso sí, la vanidad elevada a la enésima potencia, pero sin dar un palo al agua, como esos niños que se visten con americanas dos tallas más pequeñas, para que se les vea el tipo y el pecho henchido como el de un palomo en pleno cortejo.

Ejemplos de esos hay muchos, vestidos con ropa aparentemente costosa o todo lo contrario, pero lo importante es mantener la pose digna hasta el final en el registro que sea. Así la sociedad se ha llenado de políticos que se as gastan como el caníbal y se comen los principios para pactar con quien haga falta. Lo importante es el avión, las gafas de sol, la sonrisa de guapo y la pose vacía, a la que poco importa si los socios llevan melena o están entre rejas. O, en el caso local, si los compañeros -y compañeras- de partido están de corrupción hasta los ojos. Yo mando, yo cobro, yo voy a tres actos al día, quién puede pedir más a la vida.

Y, de esa sociedad, todo cala, porque su suelo es permeable y su estructura de adobe resquebrajado, donde las grietas son grandes, marchitas y feas. Y, en esa porosidad, cualquiera puede caer en la locura del caníbal. Hasta el cofrade que busca su foto, haciendo esto o aquello. Con dos frases oportunas para que parezca hasta que sabe de lo que habla. Nadie lo va a criticar, a quitarle la máscara en público, porque nadie es capaz en una sociedad cobarde en la que el más caníbal tiene los dientes de plástico.

Ese cofrade que se autocopia de su primer original que ni siquiera era suyo. Era de otro, pero qué más da si nadie lo va a reconvenir. Ese caníbal que se pone delante de un paso con impostura y que lo más parecido a sangre que vio fue la de la puñalada metafórica que propinó al que le birló el martillo. Y así hasta un infinito de caníbales en cada esquina de la vida y en la de tu calle. Todos buscan lo mismo, sean cofrades, políticos o torneros fresadores. El problema vendrá el día que llegue un lobo y no podrán recordar a Hobbes porque la posverdad se lo ventiló. Quién iba a leer a un viejo que murió hace siglos.

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