Duernas


Finca Duernas. /Foto: LVC
Finca Duernas. /Foto: LVC

Cuando entras en Duernas te recibe un azulejo del Señor, como si fuera uno de sus viernes infinitos, en los que su basílica deja la sombra cálida de San Lorenzo como una promesa eterna. El testimonio de la devoción de cientos de generaciones, como la del abuelo Bernardo. Huele a aceite, a camiones, a trabajo, a eso que llaman vida cuando la vida es dejarse el fuego de las pupilas en cada amanecer, en cada rayo que no cesa, en cada sueño que abrasa la piel con la determinación en un objetivo.

Cuando entras en Duernas te recibe un camino de cipreses. Es una señal en el trayecto de que llegará tu día, inexorable, como la única promesa cumplida, el día que vuelvas a apreciar el aroma de la infancia, el de la grava bajo tus pies,; el de la tierra mojada de la infancia que ya solo verás en tus hijos, en tus nietos.

Cuando entras en Duernas te recibe una capilla, como el santo y seña de una sola forma de entender la vida. Como los veranos que no se alejan. Como la niebla al amanecer, que acecha como el misterio mismo de la existencia, entre la bruma que no explica y, sin embargo, te adentras en ella buscando esa respuesta.

Cuando entras en Duernas te recibe un molino. Construido con las manos del presente, con la fe de quien elige una forma de entender su destino. Y huele a masa, a aceite a punto de rasgarte la pituitaria, a algo que va más allá, con la mirada atenta de Eusebio, de Josemaría. De quienes cuidan el aroma, la textura, la piel de ese néctar que regala la tierra para trabajarlo con el mimo con el que un padre perfuma al hijo, en un lenguaje de siglos que se repite y que nuca es igual.

Cuando entras en Duernas te recibe el olivo de la abuela Ana. Con su tronco fuerte, aguerrido, como un ítem en el camino de la vida, que se pierde con el azulejo sevillano del interior; con las mecedoras en las que, casi, podría ver mi infancia y relatar el lamento de lo que no va a regresar. Pero es un abrazo cálido, una sonrisa franca como la candela en el fondo del alma. Porque a Duernas lo hacen especial ellos, quienes viven allí y te hacen sentir en tu casa. Y eso es más que el aceite, aunque sea oro líquido. Es la vida.

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