Quedamos en un bar como ese


Córdoba es una ciudad que tiene en su patrimonio, parte de los mejores monumentos del mundo. Un acervo cultural e histórico al alcance de muy pocas urbes del planeta. Un hecho que la hace diferente, especial y encantadora aunque haya muchas cosas mejorables dentro de ella.

Y Córdoba también posee un patrimonio espiritual, distinto en cada esquina por la que transitan -y transitaron- sus vecinos. Así como en cada taberna, donde el aroma del vino se mezclaba con una conversación agitada y tan castiza que nunca olvidaremos. Acodados en una barra, vivimos los días felices con una simple cerveza y una cuña de boquerones en vinagre, tres rodajas -partidas en dos- de salchichón del bueno y unos calamares rellenos con ketchup por encima.

Carrasquín./Foto: BJ

Era la sencillez de la felicidad pura del esparcimiento que no persigue algo más. Unas pocas horas para evadirse de la realidad, con la inocencia de quien se siente pequeño ante la arquitectura del tiempo. Con Rafael y Pedro tras la barra, un partido de fútbol al fondo y sin la necesidad de salir a la calle -que vino después- para fumar un cigarrillo. 

Aquella taberna era un segundo hogar, porque se convivía en ella con los amigos. Allí celebramos el nombramiento de un pregonero y la noche antes de la boda. Allí siempre había una tapa de queso cuando Marcos estaba por venir. Allí estuvimos con Victoria, con Quique, con Rafa, con Joaquín y un largo etcétera de amigos con los que no construimos más mundo que el nuestro, más felicidad que una carcajada en mitad de la charla.

Allí dejé una parte de mi vida que nunca olvidaré. Los días felices y, por eso, si tengo que quedar con alguien siempre me gusta hacerlo en un bar como ese, como Carrasquín.

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