Con el hábito morado


Jesús Nazareno./Foto: Jesús Caparrós

¿Qué es la verdad? Se preguntaba Pilato en ‘La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Una película que merecería un artículo aparte, pero que hoy me sirve para introducir, ni más ni menos, que lo que siento. Chechu me mandó una fotografía. Era tan sencillo como hiriente. En ella estaba Jesús. Se la reenvié a Victoria y le dije que no puedo evitar verla a ella.

Estaba, hace demasiado, con su hábito morado y sus ojos azules como un cuchillo escudriñando el horizonte. No fue la primera ni la última persona que le dedicó al Hijo de Dios esa mirada, pero tuvo la suerte o la desgracia de ser mi hilo generacional con la hierofanía, con aquel primer escalofrío que me hizo ser “cofrade” para siempre. A cambio, me dejó un legado que me ha impedido, por suerte, ser capillita y ser de esos que lo dan todo en cualquier salida de un “santo”.

Ella le hizo una promesa a Jesús y siempre llevó el hábito morado, con su cíngulo ajustado con la precisión de un cirujano. El mismo que me ponía cuando el aroma del café se mezclaba con el de la almazara y el tacto sutil de los guantes blancos, de la capa marfil y de la cruz de Santiago. Ahora Jesús está aquí, en San Francisco, lejos del Soterraño, y la Campiña está huérfana de su Señor de los días. Ahora, como un capricho, esa foto que me hace sentirlo tan cerca, que hasta me da miedo mirarla, porque la veo a ella, porque recuerdo que llevo su nombre -aunque sea mi segundo- y uno nunca sabe si está a la altura de la devoción de sus mayores. Habrá que esperar al sábado.

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