Una jugada maestra


En ocasiones veo muertos, confesaba el niño del Sexto Sentido. Y, en ocasiones -cada vez las más que las menos-, en cofradías se ven cosas muy raras. La inmensa mayoría parecen buscar, perseguir y anhelar el golpe de efecto, tan definitivo, como los dos días en que se estará hablando del asunto en liza. Las hermandades, o algunas de ellas, han entrado en una espiral -quién sabe si dañina- de lo excepcional por encima de lo cotidiano. 

La magna no ha sido una excepción, sino el pistoletazo de salida de lo extraordinario por antonomasia para dar rienda suelta a la imaginación y alimentar con gasolina de alto octanaje el mundo de lo insólito. No ocurre solo con las bandas, porque a la tercera magna -y a la enésima extraordinaria- va la vencida y cualquier formación musical es esperada y no sorprende más allá de las ganas que se tengan de escucharla. Salvo alguna anomalía en la fuerza. 

Ahí el golpe de efecto falla o el impacto no es tan súbito. Como tampoco lo es en la repesca de capataces de los que, en un tiempo demasiado cercano, se renegó, como si de proscritos se tratase, para ahora recibirlos con el abrazo virtual de la red social de turno. Pelillos a la mar, que diría Antonio Recio. 

El golpe de efecto tampoco estará en llevar en la cuadrilla 810 costaleros, si luego el paso anda como anda… O traer al capataz estrella de fuera, cuando en casa hay un nutrido ramillete de capataces que lo hacen mejor. No es ser provincinciano con los capataces ni una redundancia el utilizar la palabra capataces hasta que aburra. Porque el capataz de capataces, como en este párrafo, aburre a las ovejas en el metro cuadrado de una chicotá de 10 metros, que dura hora y tres cuartos, con una manta de marchas en la que suenan “cristos” de bronce, se consuela, se perdona, se invoca la sangre de los faraones y se invocan a los costaleros de la India (cómo lo leen). Todo menos andar de frente, aunque puede que nos sorprenda. 

Al final, el golpe de efecto, la jugada maestra la da una hermandad como la Esperanza, que confía en su banda (pasión de Linares, con la que lleva dos décadas) para acompañar a su imagen. Y, de regreso, la de plantilla completa, que lleva el nombre de la cofradía de San Andrés por bandera. Una decisión coherente y acertada que, a la postre, en su normalidad es la más extraordinaria.

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