Los extraños casos del mundo del costal


Hubo un tiempo -aunque les parezca difícil creerlo- en que uno se enteraba de que había cambiado el capataz de su cofradía, cuando le llegaba la carta de citación para la igualá. E incluso, a veces la misiva venía firmada por el secretario de la hermandad y con el visto bueno del hermano mayor de turno y la sorpresa llegaba in situ, sin anestesia.

Eran los felices ’90, para algunos; y los terribles para los que sufrían -sufríamos- ensayos dentro de los templos porque ese día nos habíamos presentado 22 a ensayar. Había excepciones ya en aquellos años, pero eran eso, excepciones. Un par de capataces que tenían otro modelo y, por ende, bastantes costaleros. Los mismos que fueron criticados (¿envidiados?) por eso y se les criticó hasta los tirantes de la camiseta. Un debate profundo de aquellos años, de aquella prensa monolítica.

Las cosas han cambiado: para mejor en la cantidad y la calidad. Más discutibles son algunas formas de proceder, aunque -claro está- cada junta de gobierno es soberana para destituir, reemplazar, fichar y recuperar. En estos tiempos en que más de uno que sacó dos cruces de mayo y un pasito aliviado se ve capaz y capataz de ponerse delante de un paso, el hermano mayor de turno bastante tiene con bregarse sin ofender los egos.

A veces, la presión parece superar al responsable último de la cofradía y se puede ver obligado a destituir a granel y hasta a fichar a un capataz ‘estrella’ para un acontecimiento determinado. Es tan legítimo como sorprendente, puesto que eleva al dueño temporal del martillo a la categoría de una banda. Un hecho que, sin embargo, tiene su parte positiva, pues al fin y al cabo, presta el capataz un servicio a la cofradía y, de camino, atraerá a costaleros y ruido -en forma de gente- alrededor del paso en los ensayos. Ahí está la cruz de la moneda o una parte de ella. Porque, aunque miremos para otro lado, todo hijo de vecino es consciente de que el verdadero protagonista deja de serlo y se corre el riesgo de una banalización innecesaria.

Luego están quienes recuperan a los antiguos mitos. Gestos honorables, sobre todo, porque se deja aun lado lo que se dijo, lo que se juró, perjuró y abjuró… Pero las aguas vuelven a su cauce, el río a su caudal y se vuelve por el camino inverso al puente que se cruzó hacia la tierra prometida. Al final, el maní estaba en el martillo, en el terno y los casos, todos, por más extraños que nos puedan parecer, con el tiempo se vuelven normales. Y es que ya lo dice mi amigo Chechu, mi capataz y un viejo amigo al que le presté un costal: por el martillo me vuelvo loco, me vuelve loco el taca-taca y, al final, todo sale y todo entra.

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