Costaleros de temporá


No hay nada más sentido que un hermano costalero. Como tampoco hay nada más práctico que el costalero que va con su capataz, hace el trabajo y se va. Estos dos posicionamientos antagónicos tienen una escala de grises, dentro de la cual caben muchos conceptos y epígrafes que podrían rellenar el programa de una asignatura de la universidad.

Uno que empezó a meterse debajo en el primero de los extremos acabó en el segundo, convencido de que ese es el sistema más limpio, menos traumático cuando pintan bastos en las cofradías, que es la mayor parte de las ocasiones. Respecto a la escala de grises no me acaban de convencer los modelos híbridos, por más de moda que hayan estado en los coches y haya marcas japonesas que los llevan por bandera comercial.

Y es que, al final, creo que acabas por no saber si llevas el coche a la gasolinera a un transformador de la Sevillana, si le echas gasolina, gasoil o el cargador del móvil. Un lío. Pues con el costalero pasa igual, que no sabe si es devoto, profesional, solo tiene afición o es que tal capataz me habla bonito y cual capataz es un sieso.

Para todos ellos hay sitio en la viña de la trabajadera. Y claro, en tanta inmensidad se nos llena la boca o se nos van los dedos -a todos- con titulares en los que el número prima. La cantidad sobre la calidad. Al fin y al cabo si antes la hermandad de turno publica el número de valientes y es mareante, qué va a hacer el difusor, dar a conocer.

El problema llega cuando los pasos se acumulan en la calle y, mientras hay cuadrillas de devotos llenas y de ‘profesionales’ ídem, entre los híbridos hay mucho costalero de temporá, que tiene que decidir en cuál sale. Una difícil tesitura en la que, al final, alguna cuadrilla rimbombante lo acaba pagando. Entonces ya no hay anuncios con números mareantes y se puede caer en el peligro de acabar buscando fuera lo que no encuentra en casa.

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