Cuando los costaleros quieren echar al capataz


Es una cuestión que, por antigua, no deja de repetirse. Y es que, por más que se intente esconder en las cavernas del silencio, cualquiera que haya estado o pasado por el mundo de las cofradías ha presenciado algo, se lo han contado o ha estado en uno de esos cabildos de “hermanos” míticos en los que una cuadrilla de costaleros -o parte de ella- pone y quita, en función de sus intereses como grupo-gremio, o los del capataz. Es el denominado grupo de presión, lo que viene siendo un lobby rudimentario, pero muchas veces eficaz.

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Costalero./Foto: Luis A. Navarro

Pero la historia que les vamos a contar (ficticia ¿o no?) tiene connotaciones de película de serie b de los ’70, a la que el propio Tarantino, si conociera estos resortes tan regionalistas y castizos, le haría -como poco- un corto. Y es que todo se fraguó una cuaresma, entre ensayos, mudás y vía crucis. Los costaleros de aquel paso -algunos de ellos- vieron cosas que no les agradaron del capataz y su equipo. Pero aguantaron “estoicamente” el principio de jerarquía, hasta que llegó el día de salida.

Y es que, cuando el capataz golpea el martillo en el interior de la iglesia, el paso llega al cancel y suena el himno, se produce como con los aviones el punto de no retorno. Y, en esa espiral de calles y marchas, de levantás y chicotás, de zancadas largas -siempre de frente-; la cuadrilla -o parte de ella- decidió que ya no podían más. Y un costalero sopesó que debía tomar el mando de las operaciones.

En un punto prominente del recorrido, el capataz llamó, los costaleros levantaron y, uno de ellos se erigió como el primus inter pares. Mientras los que estaban fuera mandaban una cosa, debajo se hacía lo que decía el primus. Que mandas de frente, pues te hago un costero; que rectificas, pues ahí llevas un cambio; que arrías el paso, cuando levantes vuelvo a no hacerte caso.

Aquellas chicotás debieron hacerse eternas para el capataz y su segundo, este último, el mismo que unas semanas atrás había cuestionado en público la autoridad de su jefe (eso no pasa en ningún trabajo de puertas para afuera).

La procesión acabó, pero la novela estaba inconclusa y, si tras la acción viene la calma, tras esta el desenlace. Todos se fueron a casa, pero pasados los días el primus -con una guardia pretoriana de más de 20 hombres- volvieron a la cofradía para pedir la cabeza (entiéndase la metáfora) del capataz y su segundo. No se la dieron y pueden que les corten (metáfora) a ellos. Pero lo cierto es que las 10 últimas páginas no están aún escritas y por delante hay otra procesión y una presumible falta de efectivos para llevar el paso. Por tanto, el suceso no está resuelto y quienes padezcan el calvario se sabrá en un epílogo al que no le falta mucho para conocer si gana o pierde el primus, el capataz y la junta. Aunque todos ya han perdido, quién menos, porque la que más se deja en el camino es la cofradía.

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