Con el nudo en la garganta


El fútbol, su sentimiento profundo, no tiene medida. El concepto lo aplicaba el maestro Carlos Colón para otra cosa bien distinta, pero el sustrato es el mismo. Y es que, cuando lo que se pone sobre la mesa es el corazón, hay razones que la razón no entiende.

Y esto sucede cuando un equipo salta al tapete verde y todos soñamos el gol, deseamos la jugada y gritamos como si el mundo tuviese su borde final en ese tiempo distinto de la masa unida por un mismo fin. Es como una revolución sin otra causa más nimia que la de ganar y marcharte con una sonrisa.

En los últimos cinco años, esto ha ocurrido poco con el Córdoba. El hastío, el frío invernal ha ido convirtiendo el Arenal en una estepa más árida de lo que era; en un laberinto de espejos, como en aquella atracción antigua de feria; en un verano sin sombra, que bien refleja la escasa arboleda de la explanada; en una creencia sin fe (salvo en una puntual segunda vuelta o en dos o tres partidos en primera); en una casa con cuatro muebles mal colocados, y muchas pelusas, a la espera de que se realice la mudanza; en un camino sin destino conocido, que ahora nos lleva a Segunda B.

No habrá más bailes de salón, al menos en un año y quién sabe cuántos más. No habrá equipos de renombre saltando al campo. No habrá gloria y sí supervivencia. Y, entre tanto, el certificado puede firmarse en Las Palmas, el mismo sitio donde una tarde de hace cinco años se tocó el imposible, la gloria con la punta de los dedos. Ese día tenía un nudo en la garganta horas antes del partido. Hoy me he levantado igual, pero el motivo es ver el abismo desde el filo. Descanse en paz el sueño blanquiverde y larga vida al Córdoba.

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