¡Jalead, malditos!


De la épica del héroe vencido al victimismo infame, va el renglón del final de un párrafo a mitad de una novela. Esto es así y ejemplos hay de sobra. No todo el mundo es capaz de trazar, con la maestría de Fitzgerald, el final agridulce de quien es capaz de caer con la frente alta, la mirada desafiante y los cuellos de la camisa perfectamente almidonados. De hecho, eso está al alcance de unos pocos, los elegidos para construir historias que son imaginería de la vida.

Lo otro, o sea lo del personaje que cae no con dignidad, sino con la cantidad exacta de esta, es menos frecuente aun. En el mundo de la pelota es casi una utopía y no la de Tomás Moro. No se puede caer de la Torre de Londres y convertir tu proeza en inmortal, cuando ni siquiera has pisado la tierra de la Pérfida Albion.

Desde Roma aquí todo es circo (toros y fútbol sirven de ejemplo). Pero en la arena casi nadie cae con dignidad, salvo el torero que siente la punzada del asta en la femoral y algún pelotero que llora el fallo que empaña una brillante carrera. Pero es ahí, precisamente, donde está el héroe.

Ya no se juega sobre el barro, ni se juega en lo físico, ni en la grada un resultado, salvo contadas excepciones. Ahora todo es, como diría Evaristo con otras palabras, una arquitectura de presiones ordenadas, de basculación eterna que hace anodinos hasta los goles. Hasta el punto de que cuando a un jugador le abren una brecha en la ceja, el aficionado nostálgico siente el sabor de la sangre en el paladar y su nostalgia, casi desaparece con una media sonrisa de tipo malo apostado al final de la barra del bar, desapercibido en su asiento, indolente ante la masa que se lamenta, que protesta, que llora lo que pudo ser y no fue más que un espejismo.

¡Jalead, ahora, malditos!, piensa en su asiento ese aficionado que, poco más de un año atrás vio como la grada hacía la ola cuando el anterior propietario anunció que vendía. ¡Jalead, ahora, malditos! Que vendía y venía el mesías, el que nos iba a llevar al cielo de los justos, al que nos merecemos, al que nos pertenece, a devolvernos nuestro club. Pero nuestro club, salvo por la porción de los minoritarios, no es nuestro, sino de quien paga las acciones y, seguramente, de quien las vendió y las puede recuperar en breve.

¡Jalead, ahora, malditos!, el gol del rival; la indolencia de quienes juegan y no cobran; el himno a todo volumen para que no se escuchen los silbidos de los pocos que quedan; el victimismo hecho modo de vida; la letanía eterna del llanto de las plañideras con bufanda; el vocinazo de quien se defiende atacando con gestos grandilocuentes y palabras malsonantes, para callar al que tiene delante.

¡Jalead, ahora, malditos!, piensa, mientras sueña con los campos asolados de una Segunda B, que viene sin algo parecido a un plan. ¡Jalead, ahora, malditos!, para que del fósil de dinosaurio que es el estadio le cedan el uso y sea la panacea que nos libre de nuestros males. ¡Jalead, jalead y jalead!, hasta que aparezca quien se deje atravesar la femoral para que su figurada sangre se derrame sobre la hierba y crezca el fruto del héroe que se espera y nunca llega.

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