Hoy es el día


Hoy es el día en el que otra Cuaresma dice adiós -una menos y una más-. El momento en que -por contradictorio que parezca- la Semana Santa empieza a acabar por mucho que no haya empezado. El día en que las colas explican en San Jacinto la letanía que describe el alma de Córdoba. El día en que Juan de Mesa nos regala unos instantes con la última imagen que salió de sus manos cansadas y prodigiosas, la del Cristo de las Angustias. El día en que el Rescatado y el Caído recuerdan la fe de nuestros mayores. El día en que las semanas de intenso trabajo han culminado y, sobre sus pasos, las imágenes, que componen el crisol de la Semana Santa de Córdoba, increpan al devoto, para avisarle de que el momento ha llegado.

El Viernes de Dolores es el día en que los aromas cambian y el escalofrío comienza a recorrerte la espalda y, si no lo hace, es que sencillamente no eres cofrade. Es el día en que recuerdas todo lo que fue y esperas las horas en que todo pasará con un frenesí febril de imágenes, de calles, de marchas, de silencios, aplausos, capirotes, cirios y candelerías que se gastan como la lenta cera ardida de una fe inagotable, que se convierte en el gran patrimonio del creyente, cuando pasan los años.

El Viernes de Dolores es un día para pasear por Córdoba y admirarla. Para entrar en sus templos y plantarse ante la imagen y lanzar un último suspiro. No es un día de llamadores, pero el martillo ya cita al costalero en la distancia exacta. No es un día de marchas, pero las cornetas reverberan en la piel, con su cadencia exacta. No es un día de penitentes, pero las túnicas ya cuelgan planchadas en los armarios y el capirote sobre la silla cuenta las horas que faltan para perder el rostro y dejarse llevar por el anonimato, que nos hace reencontrarnos con lo que somos.

Ha llegado el día, el momento de elevar la mirada al frente y regalar una sonrisa a la imagen que te impela. El día en que uno se siente orgulloso de ser lo que es, garante de una fe que se transmite de generación en generación. Sin miedo a campañas, a discursos sesgados. Es el día para mirar al horizonte infinito de quien no tiene miedo y disfruta de lo que la providencia le ha regalado.

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