Una lección en continuo movimiento


Recuerdo aquel día de la Esperanza como si fuera hoy, pese a que parezca que hace siglos de aquello. En la casa de hermandad de Duque de Hornachuelos había un trasiego evidente con la recogida de talonarios y, entre la vorágine, me dieron de alta como hermano, de la cofradía que -cuando me preguntan- es la primera de la que digo que soy hermano.

Semanas más tarde, limpiando la plata de los varales, se produjo la primera conversación de la que tengo conciencia con Quique. Y hasta hoy. Quién nos iba a decir lo que iba a pasar, con tantas cosas en el camino: alegrías y dificultades, que en eso consiste la amistad, en el todo.

Enrique León en un momento de la procesión del Niño Jesús de la Compañía./Foto: Jesús Caparrós

Enrique León pasó de costalero del Señor del Santo Sepulcro a hacerse hermano, a entrar en junta de gobierno (hasta ahí coincidieron nuestros caminos. Y, a día hoy, es el máximo responsable de una cofradía que ha crecido exponencialmente en las últimas tres décadas. Con él han llegado cosas importantes y, sobre todo, la renovación de una nómina de hermanos que -cuando acabe su segundo mandato, dentro de poco-, podrá decir con orgullo que es su mayor y mejor logro. Porque el gran patrimonio de las cofradías son las personas que las conforman, que les dan vida.

Podrá sentirse satisfecho de muchas otras cosas. En especial, de unos altares de cultos que son el reflejo de lo que es verdaderamente importante. De hecho, los de este curso han resultado especialmente sobresalientes.

Su tiempo al frente del Santo Sepulcro se agota y ahora retomará con más fuerza otras experiencias que son igual o mucho más importantes. Pero, antes de que llegue el momento, hoy el Señor que unió nuestros caminos está en besapiés y, esta noche, se celebrará su vía crucis (para quien les escribe -sin ser objetivo- el mejor en el que ha participado nunca). Cuando la Salve a Nuestra Señora termine su letanía inmortal, apenas quedará un Viernes Santo que, sin embargo, será el primero de muchos, que mirarán al horizonte como la esperanza de aquel día en el que me hice hermano de un año del que ya solo queda aquella ilusión primera, aquel brillo en los ojos de la verdadera Semana Santa.

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