No lo salvó ni la Virgen de Luna


Dentro del libre albedrío que todo ser humano posee, el cristiano sabe que, si se deja guiar por la Providencia, esta le deparará lo mejor en su camino. En ocasiones, este no suele parecer el mejor, pero a la larga está demostrado que es bueno y provechoso. Desconozco lo que piensa José Ramón Sandoval sobre su despido, pero me hago una idea.

Luna
José Ramón Sandoval./Foto: LaLiga

Y es que el hombre que consiguió la salvación imposible. El mismo al que como premio de su gesta no se le renovó y se dejó caer que pedía mucho dinero. El mismo que, cuando su sustituto vio el panorama y salió por piernas, aceptó regresar a donde ningún entrenador quería. El mismo que lidió con un vestuario, cuyas vacas sagradas no lo querían. El mismo que fue cuestionado, desde aquel aplauso sincero de los aficionados cuando volvió a dirigir en agosto un entrenamiento. El mismo que padeció escenificaciones de sus jugadores en Albacete, Málaga y Granada. El mismo que fue destituido de facto hace una semana y comprobó que se puede cambiar una decisión por los comentarios de los tuiteros. El mismo que llegó ayer al banquillo a sabiendas de que su suerte estaba escrita. El mismo que defendió a su presidente hasta el último hálito en el cargo (si hubiera sido a la inversa o recíproco otro gallo nos cantaría). El mismo que viste, calza y se ha desgastado por un proyecto deportivo inexistente, es José Ramón Sandoval.

Esta vez no hubo promesa, ni habrá viaje a Pozoblanco, para saludar a la Virgen de Luna. O, tal vez, sí lo habrá para darle las gracias por haberlo apartado de un cáliz amargo al que el cordobesismo asiste atónito, mientras algún nostálgico recordará cómo perdían las formas a Carlos González, pero la cosa solía salir bien sobre el verde. Pero, ni los que vendieron ni los que compraron, parecen dar con la tecla de una afición que -culpemos a la lluvia- no llena ya el campo ni, aunque regalen varias entradas por socio.

Sandoval se va como los grandes capataces, con el trabajo hecho. Como el torero al que una cornada lo retira de los ruedos y no va pidiendo homenajes durante toda una temporada. Se va con el chubasquero puesto, como al final del partido con el Cádiz, sabedor de que la lluvia le cayó en los despachos. Se marcha aguantando el tipo y viendo al entrenador rival elogiando su juego. Se va con un comunicado apresurado, que se adelantó a la zona mixta para que uno de los jugadores emblemáticos de la plantilla le diera una guantada sin mano a la directiva. Se va con el deber cumplido, como el costalero que fue a hacer un favor un año y salió diez más. Se va con el reconocimiento del pueblo, término que tanto gusta al que acompañó al presidente en el palco. Y eso ya lo dice todo: la Virgen de Luna lo ha salvado para siempre y colocarlo en el santoral de los mitos blanquiverdes. Habrá que ver dónde deja a los que lo echaron.

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