Nunca será mi alcaldesa


Córdoba es, casi siempre, como aquella Canción triste de Hill Street, que en mi infancia ochentera no entendía demasiado bien, hasta que décadas más tarde, en una de esas frikadas que tienes en tu vida, volví a visionar. Y, con el bagaje de los protagonistas de Fitzgerald y Chandler, entendí que el capitán Furillo era el looser, el perdedor como cualquier soldado de los tercios viejos de la España de la que algunos reniegan. Los mismos que iban a morir, medio desnutridos y con atrasos en las pagas más que considerables.

Capitanes como el de la serie americana hay muchos, igual que soldados de los nuevos tercios del mundo. Como también samuráis como el que encarnó Watanabe. Todos son análogos a esa España heroica en su derrota predicha. E incluso, en un apuro, también formarían parte de esa Córdoba fallida y su futuro aciago, si nadie lo remedia a tiempo. Esa ciudad donde el nombre de unas calles es más importante que el desempleo y se convierte en “cuestión de estado”. Una ciudad de bares, de guerras por los veladores, por la titularidad que nunca tuvieron quienes la reclaman. Una ciudad donde el alzarse contra el leguaje (cordobeses y cordobesas) es como el mayo del 68. Donde poner una bandera republicana, al paso de una cofradía, es como poner la pica en Flandes. Donde cuestionar el sistema (es algo más que eso de la “justicia patriarcal”) es gratuito (lo malo será cuando lo hagan los del otro lado, ya verán). Donde montar comisiones que acaban en nada es tan habitual, como para una hermandad lo es vender participaciones de lotería en las fechas que se acercan.

Una nadería a la que ahora se ha sumado eso de decir que hay muchas procesiones. Es lo progre, lo que antes era ser el más guay del instituto. Y hay cofrades que lo reconocen, porque es verdad. Pero el trasfondo, es el que es, porque hay más carreras populares que atletas y nadie se queja. Pues yo sí me quejo y no de las carreras, aunque me den flato nada más que verlas. Me quejo de que las cofradías aglutinen a más personas que el equipo de fútbol de la ciudad y la alcaldesa se harte de ir al palco y no quiera ver el de la carrera oficial ni en pintura.

Sin menospreciar a la regidora y sin nombrar a sus antecesores, que sí fueron y a mucho, entiendo que hace un año se equivocara y confundiera al custodio con el patrón. Si no vas, no te puedes enterar. Pero si no sabes ni la historia de tu ciudad, sí que puedes ser alcalde o alcaldesa (siendo guay en el uso del lenguaje). De hecho, si no vas, el obispo en el ejercicio de su libertad, puede opinar sobre la titularidad de la Catedral. Aunque a Aumente no le guste, como a mí tampoco me gustan las miserias que pasan los bomberos y que amagara con una dimisión, que fue más un teatrillo berlanganiano que otra cosa.

Pero lo que, verdaderamente, no me ha gustado de estos tres años es esa especie de cobardía de la alcaldesa de no acudir -por sistema, quitando excepciones como la de la medalla de la Esperanza- a nada que huela a incienso. Yo no la voté, ni creo que lo haga si no es bajo el efecto de sustancias que no tomo, y aun así no me cae mal. Pero nunca será mi alcaldesa. Y no por el voto, sino porque cuando ha tenido la oportunidad de representarme a mí y a más de 20.000 cofrades de esta ciudad no lo ha hecho. Y se es alcalde o alcaldesa en un entrenamiento del Córdoba, en una procesión y, si me pura, hasta resolviendo los problemas de la gente.

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