Vergüenza propia y vergüenza ajena


Vergüenza, bochorno, apocamiento, sonrojo, rubor, humillación… Así podríamos seguir -hasta darle la vuelta al diccionario- en busca de un calificativo o un sustantivo que definan lo que se vio el sábado en Granada. En el mismo estadio de los Cármenes, con el cadáver aun caliente, el propio entrenador voló por los aires su discurso buenista y motivador, para reconocer que se sentía, eso, avergonzado, humillado.

Siempre que se busca al culpable se piensa en el entrenador y, tal vez, su pecado sea haber vuelto sabiendo que en el vestuario había algunos que no le querían y que, ya se sabe, un garbanzo negro puede echar a perder el cocido. Para los que nacimos antes del 90 y somos -al menos en parte- de pueblo, siempre habrá ese olor a puchero en olla de latón y el aroma de otro fútbol, aquel de los domingos a las cinco.

Eran otros tiempos y otros protagonistas. Aun recuerdo al Berges lateral que llenó de orgullo a la ciudad con su oro olímpico. Una gesta que no pudo completar en el viejo Arcángel (ahora Primark, antes Eroski). La frustración blanquiverde era máxima, por aquel entonces, pero al menos no se jugaba con la palabra cordobesismo, con un manoseo propio de los grandes abanderados del populismo. El populismo, como todo en la vida, esta muy bien hasta que se acaba la financiación del país extranjero o se te va el que sabe. Que también.

Ahora queda un equipo que es el símil perfecto de la muñeca rota. Con estrellitas que lo más que lograron fue llegar a clubes tan poderosos como el Éibar o Las Palmas (en una suerte de Bayern y Juve, de serie B). con elementos díscolos que, hace un par de meses no tenían equipo, tras haber fracasado en aventuras asiáticas y transalpinas. Y así podríamos seguir hasta caer en la cuenta de que su actitud podría haber sido alentada -o permitida- por el que bajó al vestuario el sábado, seguramente desbordado y aterrado ante la visión del Titanic naufragando en el frío océano. Aquí el trasatlántico es una barquilla y la inmensidad del mar la da la curva del Guadalquivir.

Una pésima gestión de las circunstancias nos ha traído -o les ha llevado- hasta donde están. La cosa pinta mal y solo el gol es capaz de arreglar el entuerto. Tal vez se esté a tiempo o tal vez no, pero el crédito se acaba, la paciencia se agota y -para más escarnio de quienes creyeron lo contrario- nadie mirará al banquillo cuando toque gritar, sino al palco. Jugaron tan mal -para sus propios intereses – con la feliz idea del regreso y que nadie se planteará de los motivos porque salió pitando Francisco, que el golpe de efecto ahora puede ser uno en mitad de la cara.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here