Morir solo


Para el creyente, la vida es una preparación para el momento definitivo, el día principal, en el que se produce el desenlace hacia la otra vida. Una certeza de la fe que contrasta con otras formas de entender la existencia. El ser humano es, hasta donde se sabe, la única criatura que tiene conciencia de su propio final. Un hecho, casi misterioso, que a no pocos hombres y mujeres les ha causado un profundo sufrimiento.

Sin la esperanza en el momento final, la forma de entender la vida se complica y puede provocar náusea o absurdo, como propugnaba Jean Paul Sartre. Al igual que indiferencia y, en ese camino, todo se relativiza, se lleva a la nada y se busca en el placer superficial un anestésico que, normalmente dura las pocas horas de una noche de fiesta. Y, desgraciadamente, esa última norma impera en una sociedad adormecida ante el móvil y la red social. Donde el amigo es el que publica la mejor historia y la felicidad vale tanto como el número de “me gustas” recibidos.

Nos cuesta mirar alrededor y empatizar con quienes nos rodean (y lo dice alguien al que siempre le ha costado relacionarse). Creemos que el estado de ánimo es el que determina -valga la redundancia- el estado de WhatsApp y no echamos cuentas, cuando una información nos indica que, al día, se quitan la vida diez personas en este país. Qué más dará si yo no me voy a tirar por un balcón, pensará más de uno. El problema salta cuando alguien cercano lo hace y no estamos preparados para entenderlo ni asumirlo. Y sin tan siquiera preguntarnos qué hicimos mal.

Que alguien tome la decisión de morir solo es un drama, el fracaso de una sociedad que prefiere, de forma reiterada, mirar para otro lado. La muerte no es el final, al menos para el creyente, por eso la vida es tan importante y sagrada. Un cuidado que empieza por uno mismo, para llegar a ese día principal apretando la mano de quien nos quiso y saber dar el paso, para no morir solo.

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