Los renglones torcidos del Córdoba


Vaya por delante que este artículo tiene un destinatario con el que he tenido la suerte de intercambiar deliciosas conversaciones por WhatsApp. Parece imposible que, por mensajería instantánea, el calificativo delicioso sea posible, pero lo es, ya sea con Macondo, ya sea imbuido en la mente de Alice Gould y el universo que trazó Torcuato Luca de Tena.

Tengo un amigo al que le cansa escucharme hablar de fútbol. No pierdo la esperanza de que me escuche y no me oiga. Aunque tengo mis penas y percibo que no se da cuenta de que en el deporte está la pureza del ser humano, dispuesto a superarse y cruzar las barreras de lo imposible. El absurdo de aquella locura de Alice en la que el final estaba predicho, por más que la trama anunciara lo contrario.

Con el Córdoba pasa lo mismo. Una sucesión idéntica de hechos que, mande quien mande, siempre acaba en polémica, historias imposibles y desencanto. No es una defensa del que está, pues este verano se ha visto como los hechos han superado a la ficción, como los amigos se han tornado rivales; y cómo la marea ilusionante se ha convertido en un pesado lastre que ahora carga con la cadencia implacable del desengaño.

 

Entre tanto, la culpa siempre es de otros, del que estuvo antes y ahora no puede defenderse. Aun recuerdo el rencor en cada palabra, cuando se decía aquello de sí no estás, no aparezcas; mientras que ahora el enemigo llevaba la razón -real, impostora u oportuna- y donde dije digo, digo Diego y no es Maradona al que me refiero.

renglones
Portada del libro editado por Planeta.

En esto del fútbol se ha perdido la literatura, como la perdió Pemán por ganar una guerra. También se ha dejado atrás la sinceridad insultante de personajes como Javier Clemente. Ahora la guerra es sola de Paco Jémez, mientras su “mala educación” le hace ser un rara avis, un José Tomás en esto de la pelota.

Ahora cuentan más los mensajes sutiles -o no tanto-. La farsa que, por sabida, no deja de asentirse cuando conviene. El mantra mil veces repetido, a sabiendas de que todo puede ser una falacia, antes que la claridad. Y, sin embargo, lo más triste es que todo se dice, se suelta y se escribe a sabiendas de ello, porque Dios escribe recto con renglones torcidos y Alice ya no está para defenderse, o sí.

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