Un beso, un voto y una promesa


Cuando vean la luz estas palabras, a un puñado de kilómetros de dónde estaré, un pueblo estará viviendo su fe, junto a su Virgen. Es la forma más sencilla, la más directa, la que nunca falla porque -pase lo que pase- Ella está siempre para darte consuelo. Esa calma que te daban las manos de tu madre, siempre tibias, en una infancia infinita con olor a trigo, con los olivos y las vides llegando hasta el punto de unión del horizonte, entre la tierra y el cielo naranja del atardecer. En una analogía -entonces inexplicada- con las asíntotas de Rahner.

Desde lo más sencillo hasta lo más complejo, la vida es un viaje. Un camino, a veces demasiado sinuoso, en el que estamos a prueba. Una explosión de alegría en sus días grandes, pero también habitaciones llenas de ausencias y recuerdos que se transfiguran en la oscuridad de la noche. Para el cristiano es una línea recta en la Historia de la Salvación de la que es una pequeña -y siempre importante- parte. Y, en ella, se incardina esa piedad popular, la mística, la fe heredada de padres y abuelos y transmitida a quienes deberán tomar nuestro testigo.

Virgen de la Sierra./Foto: LVC

Es la historia de amor más grande, la que no se puede explicar con palabras en mitad de una madrugada cuando te atrapa la imagen, bajo el dictado de la Luna de Nisán. Pero también en un día de agosto, como hoy, en mitad de una romería, de votos y promesas, como la que celebran en Cabra con la Virgen de la Sierra.

Hace muy poquitos meses fui allí con dos buenos amigos. A la Virgen milagrosa (la que me atrapó en aquel junio que nunca olvidaré) le dejé dos velas sin saber que, poco después, una de ellas brilla por uno de los tres que estuvimos ese día. Por él está hecho el voto, con su promesa y el beso que me falta por darle a la Virgen.

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