Uno lo salvó y el otro puso la cara


La vida, en casi todas sus parcelas, se resume en hechos. Una emoción empírica que de Locke y Hume, traducida al Córdoba CF se traduce en Luis Oliver. Un nombre y un apellidos que, le pese a quien le pese, ya es historia blanquiverde. Y es que a Luis, con su peinado a lo Mario Conde y su chaqueta sobre los hombros, solo le faltaba el cigarrillo rubio americano para ser el personaje de una novela tipo El Gran Felton, de mi amigo Joaquín.

La trama era dura, difícil de asimilar con el fracaso por bandera y el triunfador de provincias llegado como un mesías de barrio bajo y de costumbres obreras. Pero su perfil era el del héroe caído, el que sabe que, pese al triunfo, el mérito recaerá sobre el galán. Como si se tratase de Hermosos y Malditos o de El Gran Gatsby, Oliver era como Jay o de Anthony, el hombre hecho a sí mismo y el que pretende no hacer nada, salvo tener el cuello de la camisa bien almidonado, se cruzaron en el camino de un equipo de fútbol.

El drama tendría un final feliz, pero en la segunda parte o, mejor aun, en el epílogo el desenlace dejaba al protagonista con ese sabor agridulce de la victoria convertida en tragedia y con el empresario convertido en ese último magnate que toma el Hollywood, en este caso el Arcángel, como banco de pruebas de palmeros y estómagos agradecidos, a los que siempre viene bien una migaja que llevarse a la boca, olvidando a quien fue el verdadero protagonista.

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Una novela no tiene peor lector que aquél que no sabe desenmarañar el argumento. Y peor cronista que el que omite al protagonista, para entregar el papel principal a quien jamás lo tuvo. Uno puso la cara y el otro el conocimiento de lo que estaba haciendo. Jay y Anthony, Oliver y León, González y una propuesta rocambolesca de su comprador. A esta novela le quedan capítulos y un final que, en el mejor de los casos, será agridulce. Pero no olviden nunca que alguien llegó, fichó y lo salvó. Otros pusieron la cara y ahora tienen la voz trémula (como un personaje de Almodóvar) intentando justificar lo indefendible.

1 Comentario

  1. La cara es la que abona, la cara es la que arriesga, la cara es la que empuja. Detrás ha tenido un motor de gran cilindrada, que ha llegado al objetivo a costa de derrochar gasolina y con mucha, mucha suerte no se ha gripado. Páguese al motor, y busque otro, en este caso más eficiente, fiable y menos peligroso. Y la cara siga arriesgando.

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