Córdoba, ¡qué bonita eres!


Córdoba no es una ciudad cualquiera. No es una más de tantas (con todo el respeto a esas tantas). Es el paso de la historia, estratificado en un patrimonio portentoso que el mundo admira, en ocasiones, más que el propio cordobés. Es la cultura que dejó Roma, anclada al Guadalquivir, desde que Claudio Marcelo fundara aquella Colonia Patricia que habría de convertirse en el faro de occidente.

Córdoba
Medina Azahara./Foto: LVC

Córdoba es un templo romano, que vigila -desde la calle erigida a su fundador- el paso del tiempo, al lado de un consistorio (donde sus políticos la han convertido en la ciudad más pobre de España). Porque Córdoba duele, además de admirarse. La urbe se transforma y resiste a los siglos. Y el ejemplo se halla muy cerca del río (no para hacer fiestas de alcohol y músicas del mundo), para comprobar como el recinto episcopal que se construyó alrededor de la basílica de San Vicente llegó a ser Mezquita para, más tarde, transformarse en Catedral y mantener su origen uso religioso, sostenidamente en los siglos.

Conjunto Monumental Mezquita-Catedral./Foto: Jesús Caparrós

Córdoba es un casco histórico singular, angosto y bello, que en sus penumbras ayuda a pasar los rigores de veranos largos, de calores antiguos. Y es un patio, una casa de vecinos, donde lo poco o lo mucho estallaba en mayo con las gitanillas, en los colores (azules o verdes) de la cerámica de las macetas.

Córdoba es, desde hoy, más única si cabe. Con cuatro declaraciones de Patrimonio de la Humanidad está sola en su olimpo de belleza oficial (porque lo dice un comité). Lejana y sola, lo dijo hace mucho Lorca. Córdoba es ella misma sin necesidad de un título que, sin embargo, se agradece porque atraerá a más visitantes. Y, aunque seria y senequista (siempre se recurre al tópico), necesita más que nunca mirar al mundo y salir del laberinto a donde la han llevado.

Cuando un cordobés regresa a la ciudad por la Cuesta de los Visos y ve a su ciudad tendida al sol, con la torre de la Catedral marcando el faro de los días, no puede evitar que se escape un suspiro y (con sus luces y sombras) caer en la cuenta y exclamar: Córdoba, ¡qué bonita eres!

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