La Fe de los abuelos


Por la cuesta de la parroquia, la de Santa María del Soterraño subía el Imperio. Lo buscaban hasta tres veces y, en la última, prendían a Jesús Nazareno. Con la portentosa cruz al hombro y el Cirineo a su espalda, el amanecer del Viernes Santo sorprendía a la campiña. Los nazarenos morados de capa blanco roto y Cruz de Santiago al hombro se incorporaban al cortejo, mientras el sol saludaba a Jesús en ese camino al Calvario.

Procesión de Jesús Nazareno en Aguilar de la Frontera./Foto: AM Imperio

Un pequeño nazareno miraba hacia delante. En los balcones se prendían bengalas a su paso y se derramaban las saetas. Un pueblo entero contenía la respiración y el pequeño nazareno miraba la llama crepitante del cirio (uno de ellos aun lo conserva muchas décadas después). El corazón casi se le había salido del pecho la noche anterior. Pero también cuando sonó la alarma del despertador, cuando le colocaron el hábito, cuando su abuela le apretó el cíngulo – en una analogía vital-, cuando se puso los guantes blancos, cuando subió la calle ancha de la mano de su padre, cuando llegó a la parroquia y estalló cuando vio a Jesús.

Luego se quedó solo en el cortejo. La música quedaba atrás y, al llegar al Llano de la Cruz, entre la gente reconoció a su abuela, su eterno hábito -como el suyo, pero descolorido del uso. Mientras giraba el cortejo, Jesús Bendecía a los ancianos de la residencia. Sonaba el himno. Y aprovechaba para contemplarlo y buscar de reojo los ojos azules de su abuela, tan vivos, decían más cosas de ella que lo que hablaba.

Jesús Nazareno de Aguilar de la Frontera./Foto: AM Imperio

Después llegaban a la Plaza de San José. Al octógono que, tiempo después supo que simboliza las pilas bautismales: nacemos a la fe de Cristo para morir con él y resucitar el último día. Su abuelo le traía un tentempié, que le había mandado ella. Y la procesión proseguía hacia su parte final.

A primera hora de la tarde, la cuesta de la parroquia era muy diferente. Cómo podía ser. Una nostalgia le invadía cada rincón de su alma. La tarde languidecía. El Viernes Santo se consumaba y nunca imaginó, o no quiso creer, que alguna vez echaría tanto de menos aquello y, sobre todo, la forma en que ella miraba a Jesús. La misma con la que él hoy los recuerda y puede escribir orgulloso que conserva la fe que le transmitió su abuela.

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