La levantá más difícil de Curro


Hay momentos en que uno sabe o descubre los motivos que le impulsaron a hacer algo en la vida. A veces, se tardan años para, de repente, descubrirlo sin solución de continuidad. Y al hacerlo, cuando te dedicas a contar historias -normalmente las de los demás- ya no puedes dejar de hacerlo.

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José Juan Jiménez Güeto y Luis Miguel Carrión./Foto: Jesús Caparrós

Anoche, cuando el Domingo de Ramos de 2018 se extinguía y pasaba a ser parte de la historia de quienes lo vivieron y sintieron, se produjo uno de esos momentos que te marcan. Fueron varios, tres para ser concretos. En dos de ellos, Fede, Sony y Curro recordaron al amigo Manuel. Al caballero de San Fernando, que desde el penúltimo día de 2017 descansa junto a su admirado rey santo.

El tercer momento tuvo lugar en la Puerta de Santa Catalina, cuando José Juan le pidió a Curro una levantá  para la hija del capataz, Candela. Ella lleva el mismo nombre de su Virgen. “En nuestra familia, la Virgen de la Candelaria es la imagen de nuestra fe”, explicaba antes de ser el protagonista de uno de esos momentos que no se olvidan.

Curro le pidió a la Virgen que curara a su hija. “La tiene que poner buena”. Y, mientras hablaba a sus costaleros (“donde se juntan dos hombres para morir no existe el fracaso”) no pude evitar pensar en David, quien bajo su túnica estaría también pensando en su Candela. En mi hijo, que estaba ya en casa y le pedí a la Virgen que me lo cuide, a sabiendas de que yo no sería capaz de hablarle a Ella, mientras todos me escuchan. Por eso no soy capataz y admiro a quienes se plantan delante de un paso, con la certeza de que no se trata de mandar la derecha alante y la izquierda atrás.

Ser capataz implica una sensibilidad especial. Hay que tener el duende exacto que algunos elegidos tienen, porque les fue donado. Ser capataz es saber cuando tienes que dar la orden exacta, hablar a tus costaleros cuando más necesitan escuchar tu voz y saber que ellos van a “morir” por ti, como tú vas a morir por ellos. Y no hace falta decirlo, salvo cuando llega el momento en que te tiemblan las manos y no dejas de mirarle la cara a la Virgen con la que llevas toda tu vida y, por dentro, repites su nombre durante la levantá más difícil de tu vida.

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