Te echo de menos


Siempre que llega el día recuerdo aquella última llamada, aquel Domingo de Ramos en que nos despedimos con un hasta luego. Aquella Madrugá donde por primera vez supe lo que era rezar por alguien que se iba a marchar. Aquel Sábado de Gloria (ella lo llamaba así) en que se fue a descansar para siempre de una vida que, tantas veces, fue injusta.

Foto: Jesús Caparrós

Siempre que llega el día (antes y después de aquel) siento esas mariposas, ese nudo en la garganta porque el momento ha llegado. Y, nada más levantarme, repaso a solas hasta donde la memoria me permite recordar. Regresa ese aroma de vigilia, aquellas manos de pan, aquella nube de nostalgia, que no hay predicción que la aparte.

Siempre que llega el día, aparto lo malo e intento -casi nunca lo consigo- quedarme solo con lo que ayuda a seguir viviendo. Los momentos del año que merecieron la pena. Y siempre vuelve aquella madrugada del Destierro, como el regalo lírico de Montesinos. La noche en que aprendí a sobrellevar que la gente que quieres también se va.

Siempre que llega el día sé que, con la Semana Santa, empezará otro año. Y escucho aquella marcha que alguna vez compartimos. Siempre que llega el día es Viernes de Dolores. Todo acaba y todo empieza, como el alfa y el omega de la vida del cofrade.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here