Un clamor ante la barbarie


Hace muchos años, demasiados, en la Facultad de Derecho un profesor explicaba que la Ley del Talión supuso un gran avance en el derecho de la antigüedad, en relación con el uso de la denominada Venganza Privada. Dos conceptos que para cualquier ‘progre’ que se preste serán una aberración. Si bien, con la globalización de la información y las interminables crónicas de sucesos hay quien está tentado de pedirlas y, con casos como el de Gabriel y la larga lista de etcéteras, ganas no faltan, en un momento de debilidad.

Lo que está claro es que hay crímenes que, por su brutalidad (no vamos a hablar de alarma social, porque la muerte violenta es una alarma en sí misma), no dejan otra salida a la sociedad otra salida que la de demandar medidas contundentes. Nadie habla de muerte, pero en determinados ámbitos hablar de prisión permanente revisable parece anatema.

Alguien puede violar, apalear, atropellar y quemar viva a una niña como Sandra Palo. Una muerte más atroz que una decapitación del IS, que ya es decir. Y que, prácticamente, sus asesinos se vayan de rositas. Y no es una frase hecha. Tiren de hemeroteca y verán el escándalo.

Me cuesta creer que alguien que comete una atrocidad así se pueda reinsertar. Pero la posibilidad digamos que existe y la figura jurídica antedicha la contempla. Cuesta creer que alguien que asesina o viola a un niño guarde dentro de sí algo de humanidad. No me leerán pedir su muerte. Soy cristiano y esa prerrogativa la tiene Dios.

Pero quienes claman contra esa ley no se plantean si la víctima les tocara de cerca, a un ser querido. Da igual, el discurso buenista es lo primero, aunque el 80 por ciento de la población piense lo contrario. ¡Esos que sabrán! Como diría Homer Simpson, “ebrios patanes…” Pero el clamor está en la calle y la barbarie a la vuelta de la esquina. Dios quiera que no le toque de cerca a quien proclama que con unos añitos en la cárcel es suficiente para el que mató, torturó y se burló de las normas de la sociedad de la que está fuera.

Un contrasentido como el de pedir 13 años de cárcel para quien mató a puñaladas en plena calle a otro por una pelea. Nadie lo ve lógico, pero hay quien cree que con tres charlas en el taller de una prisión reeducará al asesino. Pensadlo bien, no vaya a ser que un día claméis por la cadena perpetua.

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