Con el sudor de su frente


Hay mujeres que te marcan la vida. Y cuando lo hacen ni siquiera eres capaz de apercibirte. La mía la han marcado, por distintos motivos, varias. Pero en este día en que todas reivindican debo acordarme de dos. Josefina y Dolores, que con el sudor de su frente, con las arrugas que marcaron mi horizonte me enseñaron cosas que, torpe de mí, solo fui capaz de discernir mucho después.

Las dos pasaron su vida trabajando, luchando y sobreviviendo en la batalla continua de una vida que apenas les dio respiro. En un mundo en el que se habla con naturalidad de las oportunidades, ellas no las tuvieron. Todo fue una pelea desde el primer minuto hasta el último. De ese trance final fui testigo y nunca creo que vuelva a ver tanta fortaleza y capacidad de lucha hasta el último aliento. Y es que se fueron como vivieron, apretando los dientes contra una sociedad que no les dio un respiro.

Ahora, cuando se habla de brecha salarial, de lucha y del largo etcétera de desigualdades, no puedo evitar recordarlas. Una recortando tiempo a los días, cuidando a “su hombre” -qué frase-, en silla de ruedas, con un cuerpo débil en apariencia -que heredé- que sacaba una fuerza casi sobrenatural para que nunca le faltara de nada. Mientras la otra era capaz de limpiar tanto, que lo del jaspe se quedaba muy corto. Y antes de todo aquello, la vida en el campo dictó la sentencia de un tiempo en que la ropa se lavaba en un arroyo congelado en el duro invierno de los Pedroches; o recogiendo aceitunas a destajo -muchas más que las cuadrillas de hombres- en un cortijo entre Aguilar y Puente Genil.

Las oportunidades también se les negaron a muchos hombres, no conviene olvidarlo, pero hoy es su día, aunque sé que ellas nunca lo habrían celebrado.  Baste un ejemplo, una de ellas no sabía leer ni escribir y, por circunstancias de la vida, tuvo que ir a Madrid en a década de los 60 ¿Se imaginan a una persona que nunca había salido de su pueblo, manejándose en el metro en aquella época? Pues bien, tenía que bajarse en Sol, la parada de las tres letricas. Nunca se equivocó ni se perdió. Llevaba la inteligencia, el desparpajo innato de quien no tiene opción. Siempre ha sido una lástima nacer en el momento equivocado.