Un sentimiento que se transmite de abuelos a nietos


La foto lo dice todo, pero les voy a contar una historia. Que, al fin y al cabo, es lo que siempre me ha gustado, contarlas. Ésta tiene nombres y apellidos, aunque sean los mismos: Enrique León. Desde León López a León Escribano cuatro son las generaciones de cordobesistas, que se forjaron -sobre todo- en los sinsabores. Porque el Córdoba es eso, un relato decadente de lo que pudo ser y no fue, de la miel en los labios, de estropearlo cuando está hecho y de apelar a la heroica en el momento más inesperado. Pero, amigo mío, ahí es donde la piel se hace dura y no hay mayor lamento que el de saber que, en julio, “habrá que comprar un trozo de gloria de nuestro reino, de nuestra historia”.

Ayer Quique me mandaba esta fotografía en la que se ven a su padre y a su hijo, camino de ese estadio donde cada domingo se desencadena la tormenta perfecta. Y qué más da. Porque, aunque a nadie le gusta perder, el cordobesista lleva la marca invisible en la frente. Y sabe apretar los dientes. Y no me refiero a esos que llenan el campo por dos euros. No. Sino a los que, como es el caso de la familia León, acuden con lo puesto. Con 17.000 o con 5.000; contra el Madrid del que se limpiaba el escudo o con el Baza, el Guadix y el San Fernando.

No se trata de la categoría ni del juego, sino de vivir en el alambre de una sensación que solo se produce allí. Sea jugándole de tú a tú al campeón del mundo y que te gane de penalti; sea luchando en Talavera por ascender a Segunda B. La sensación de orgullo es la misma, para quienes de verdad sienten la elástica blanquiverde. La misma que nos poníamos para jugar pachangas de sábado por la tarde en campos de tierra y era mejor que llevar la de Laudrup o la de Butragueño.

Ayer, mientras el equipo certificaba su descenso, el Córdoba ganaba a su cuarta generación de leones, para una guarida que es el espacio sentimental de quienes aman el fútbol de antes, el de ahora, el de siempre. Aquél que se vive por encima del resultado, que iguala a todos durante noventa minutos. Y que cada fin de semana te despierta una sonrisa, camino del estadio, cuando recuerdas a tu abuelo y ves al de tu hijo llevar de la mano a su nieto a ese pequeño reino de alegrías y tristezas, que es el espejo de la vida misma.

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