Cordobesistas de temporá


Lo cantó Raimundo Amador hace tanto, que no recuerdo si por aquel entonces escribía o pensaba en hacerlo. Él contaba con tres ventajas, que escribe mejor, que tiene a la Gerundina y que con música todo suena mejor. Mucho mejor que decir que el sábado era un día señalaíto. Sí, de esos de entradas gratis, del resto a cinco euros y del frente común a Carlos González. Como si antes de Carlitos I, el Terrible, no hubiera existido el Córdoba (lo siento, pero me cuesta horrores lo de CCF, incluso cuando yo lo escribo o lo pongo en un hashtag sin alma ortográfica que lo corrija).

El Córdoba es lo que es. Y hasta quienes no iban en la última época (la razón les asistía) saben que hubo vida antes de él y que, de él, aun quedan demasiados vestigios en el organigrama del club. De lo que pase a partir de ahora, pagar casi diez millones de euros es lo que tiene, es soberano Jesús León. Un nuevo dueño que trae la paz augusta. Y hace bien en hablar de unión, de animar al equipo, de tildar de valienetes a quienes se gastan el dinero en una entrada, como el que echa una moneda al aire, sencillamente, porque quieren que el Córdoba se salve.

Pero el caso es que muchos, y repito, muchos hasta contar cinco mil querían que se salvase el día del Reus. Y, pese a que fuese entre semana, con la Navidad a las puertas y un González aun en el palco fueron al estadio. Ellos, los que no son de temporá, pueden dar fe de lo que digo. Los que han pasado frío, calor y escalofríos en esa grada (y con el mérito de no llevar jamás una camiseta del Madrid o del Barcelona) son los que merecen un homenaje y hasta un minuto de silencio, en memoria de lo que han visto, sufrido, chillado y soportado. Si yo fuera Jesús León los buscaría, los citaría y, uno por uno, les daría un abrazo y las gracias por ser más cordobesistas que el Córdoba. Eso sí que tiene mérito.