Cuando igualar era una odisea


“Los pasos pesan”. Esa frase me la recordaba hace poco un conocido capataz y, en el contexto de aquella conversación, no le faltaba razón. Como ya se pueden imaginar los aficionados al noble arte de portar a Dios y a su Madre, la cuestión que nos ocupa tiene cierto toque vintage. Si bien, no es cuestión de acudir a la máxima y/o aforismo de que “a más de uno le falta una buena dosis de mármol a mármol”. Lo que traducido al argot contemporáneo equivale a meterse debajo del paso en la iglesia y salir del mismo cuando la procesión se acaba.

Sin embargo, en estos días de igualás frenéticas uno no puede evadirse de los recuerdos. Aquéllos que te hacen regresar a un tiempo no muy lejano, en el que llegada la fecha señalada para que te “cuadraran” (había quien se expresaba así), en la iglesia o en la casa de hermandad se presentaban 30 de 60. Era curioso ver como el que llevaba la lista tachaba, subraya y añadía con el Bic naranja nombres. “Fulano, sutano y mengano están fuera, pero salen”. Esa expresión, tan normal hace no más de diez años, se ha perdido. Como también parece parte del recuerdo, eso otro de ensayar en la iglesia porque los asistentes al ensayo no daban quorum para salir a la calle sin sufrir el sonrojo de no poder con el paso. Para ello estaba el día de salida, cuando de repente aparecían 50 y, de mitad de la procesión en adelante, el número de costaleros menguaba como el de los ciclistas, conforme avanzaba el Tour de Francia.

Aquellos mármoles no eran precisamente idílicos. Se sufría y había quien tenía el cuello como el cráter de un volcán, por no recordar los costales. La forma de ´hacerse la ropa’ era digna de una tesis. Y si no me creen pregunten a más de un capataz, que ha tenido que hacer de psicólogo con más de un costalero.

Pero lo de ahora tampoco es el edén de la arpillera. Aún recuerdo un paso con más costaleros que nazarenos llevaba la cofradía, donde -desde fuera y a un metro del respiradero- se escuchaba resoplar. Y es que no todo el mundo está preparado para meterse debajo de un paso, por mucho que la foto quedé fenomenal en el Instagram.

La diferencia, eso sí, es que se ha avanzado mucho en la técnica y es difícil ver andar mal un paso (aunque aun se ve alguno). Se sufre menos y se acude puntualmente a la igualá y a los ensayos. Tampoco se ven mesas con sacos, aparcadas cuan furgoneta, mientras toda la cuadrilla está en el bar de enfrente. Ni costales que se asemejan a la felpa del Arrebato… En cambio, el postureo, el músculo, las expresiones de dudosa espiritualidad aumentan a velocidad exponencial. Y así, luego, cuando de pronto te duele el cuello te das cuenta de que “los pasos pesan”.

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