Siempre nos quedará la palabra


Recuerdo que era enero, cuando llamé a su puerta. Había nervio, emoción y, por qué no decirlo, bastante miedo. El poeta, al que tantas veces había leído y admirado en cada verso, extendió su mano. Me invitó a entrar y me mostró su casa. Había un Nacimiento (se llama así), que aguantaba el paso de otra Navidad.

Tras la bienvenida me invitó a tomar asiento y comenzamos la charla. Las cofradías, las mismas que hablaban de otra Córdoba -de aquella que he intentado recrear desde que tengo uso de razón- acapararon buena parte de sus palabras. Y así las imágenes que fueron dando forma a la Semana Santa de aquella Córdoba, se construyeron como un verso autóctono y universal, donde la estética ensambló una vez más su Retablo de las Cofradías. El mismo que Pablo García Baena regaló a su ciudad, a través de un pregón que marcó el antes y el después de un atril al que elevó a los altares de la poesía.

Aquella mañana comprendí que la grandeza se mide en los gestos sencillos, en la cercanía de la palabra certera, en el calor de un hogar. Aquella mañana me llevé algo más que un pregón y una dedicatoria. La Córdoba que trasciende al tiempo estaba en su mirada, en su voz, y en aquella última frase que, desde entonces, viaja conmigo y que sentenciaba que solo quería ser recordado en un patio, paseando por una plaza de Córdoba. La ciudad ha perdido a su príncipe, pero siempre nos sobrevivirá su palabra.

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