Deseos inconfesables


He de confesarlo, una vez hice un propósito de año nuevo. No era muy complejo y solo uno. No lo cumplí. Desde entonces hasta hoy los propósitos los reformulo en deseos a los Reyes Magos. No es un retazo infantiloide -lo confieso-, sino más bien una forma de evadirme de una realidad tan tozuda que, por más que haya personas empeñadas en cambiarla, nunca parece dar ese necesario giro.

Y es que, si miramos en los alrededores de nuestra pequeña ciudad, es fácil constatar que las cosas, por más que se diga, involucionan. Por eso, pedir a 2018 que lo cambie es inútil. Primero porque los años no tienen vida propia, sino que son el fruto de una medición del giro de la Tierra alrededor del Sol. Y segundo, más importante, porque son las personas las que deben propiciar las situaciones, y no al revés. Eso sí es inocente.

Un ejemplo. Le puedo pedir a 2018 que aligere las obras en el barrio de San Agustín. Una zona de la ciudad con una población mayoritariamente de avanzada edad, a la que unas obras mal planteadas parecieran querer darle el puntillazo (con perdón, o sin él, del símil taurino para los sensibles). Las obras no tienen la culpa, sino quienes no planificaron que después de las acometidas venían los cables. Y abrieron el suelo, lo cerraron y lo volvieron a abrir.

Otro ejemplo. Nos quejamos amargamente en las redes porque a un periodista se le ocurre publicar una información, en la que descubre la lesión de un futbolista. Amén del comunicado macarra (por decirlo bonito) del club del que nadie se queja; quién tiene la culpa ¿El comunicador por contar lo que sucede y dar normalidad a un problema que tiende a ocultarse porque está mal visto en la sociedad? ¿La enfermedad? No. Y esto no va a gustar: El sentimiento hipócrita que nos invade. Y es que no nos equivoquemos, si la información hubiera dicho que el jugador es un juerguista que se acuesta a las cinco de la mañana, tres días en semana y llega borracho a los entrenamientos, nadie tendría empacho en llamarlo alcohólico y culpar al que lo fichó. No se equivoquen.

Por eso no tengo deseos inconfesables, porque las cosas no se solucionan solas, ni con propósito de enmienda.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here