El fantasma de la Navidad pasada


Fue una escena repetida, un mensaje de amor que ya no habría de regresar. Quizá fue el germen de las cuaresmas que restaban por venir, las que confundían el aroma de la leña, de la lumbre, de las chimeneas calentando un cielo escarchado. Todo era del azul pálido que viste al torero antes de una faena estoica, aunque eso vino después, la primera vez que vi a José Tomás y en la distancia generacional con Joselito hubo algo que se removió en aquel tendido de Los Califas para siempre. Pero esa es otra historia porque, en ésta,  alguien cantaba villancicos y la felicidad se cortaba en el pecho como una rebanada de pan con mantequilla. Lástima que cuando la sientes, punzante, casi nunca seas capaz de distinguirla.

Aquellos días, en aquel pueblo tendido a las vides de la campiña o en el otro cabalgando en la hondura fría del Valle, uno no sabía muy bien qué cantaba, pero siempre era Nochebuena. Como en una película americana había un fantasma, el de la Navidad pasada. Su presente de indicativo ya trazaba un pretérito imperfecto de ausencias, casi como uno de los poemas que completaron la adolescencia. Y el ímpetu de aquella niñez pedía a gritos que el tiempo cambiase deprisa. No es bueno correr con la boca abierta. Aquellos días fueron pasando y un 24, de vuelta por la calle frailes fue el penúltimo recuerdo de una celebración plena. Los tiempos verbales se fueron mezclando y las nostalgias encontraron su camino como en el bandoneón de Astor Piazzolla.

Hay un ángel con un vestido de estrellas en mi foto de perfil y, mientras escribo estas líneas caigo en la cuenta de que mañana él irá al colegio vestido de pastorcillo. Aún no pronuncia la palabra Navidad con todas sus letras, en una dicción perfecta a la que sobrevolará el fantasma del pasado. Sin embargo, en su mirada atónita descubro cuál pudo ser la mía. No se trata de un parecido, ni de la proyección que cualquier padre pudiera perseguir de sí mismo para inmortalizarse. Se trata de contemplar en su mirada limpia la recepción del verdadero mensaje en toda su puereza, en la esperanza eterna de la salvación por la que suplican las arrugas que comienzan a dibujarse en mi frente. No hay más fantasma que el que proyecta uno mismo con sus recuerdos, ni otra redención posible que la del Verbo que se hizo carne. Feliz Navidad.

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