Papá, ¿quién era Alhakén II?


El otro día dando un paseo por el Campo Santo de los Mártires, me crucé con un chavalillo que no tendría más de diez años, admirando la estatua de Alhakén II junto a su padre. El infante ansioso de la curiosidad típica de su edad, preguntó “Papá, ¿quién era Alhakén II?” a lo que el padre –aventurado y temerario como él solo- respondió tras unos segundos de meditación “un moro” dejando unos instantes más para lanzar el dardo más efectivo del conocimiento y concretar “de Córdoba”.

Así fueron los escasos treinta segundos que como un espectador escuché la conversación. Seguramente, el chiquillo seguiría preguntando y el padre tendría que recurrir al móvil para responder cada una de las preguntas –que suerte la del padre-. Esto quedará como una simple anécdota y confio y espero que esa familia estuviera de visita por Córdoba, porque así el desconocimiento estaría en parte justificado.

Lo que si me hizo la pregunta inocente del infante es reflexionar; si una mañana a hora punta en el paso de cebra del Corte Inglés, preguntase a cada uno de los que pasase “¿sabría decirme quién fue Alhakén II?” creo que por desgracia las respuestas por lo general serían “un colegio”, “un bar”, “una calle” “lo siento no hablo árabe” o algún loco enamorado de su ciudad respondería “un califa omeya” o “el que hizo la ampliación artística más importante de nuestra Mezquita-Catedral”.

Como mínimo se debería exigir eso, igual que del Gran Capitán que era de Montilla y conquistó Napoles para España, no solo “el caballo de las Tendillas”. Al menos yo lo considero, como un mínimo de cultura y de amor a una ciudad que un día fue la capital de Al-Andalús –que quizás nos daría más motivos de independencia que otras regiones-, que fue la capital de la Bética Colonia Patricia. Una ciudad con una joya que es la Mezquita-Catedral y que cuando se le pregunta al cordobés dice “ahí está”, con una voz que denota una falta de importancia y que a algunos órganos administrativos solo les interesa para quedarse con su titularidad y así sacar tajada.

Después de esta pequeña reflexión solo me queda agradecer a Alhakén II su legado, como fue la paz de Al-Andalús, la terminación de Medina Azahara, la ampliación del bosque de columnas más rico de la Mezquita-Catedral y su mayor aportación al arte mundial, el mihrab de Córdoba. Terminamos pues, con el dicho de la época que decía “cuando un hombre rico sevillano moría, donaba sus libros a la biblioteca de Córdoba”, una biblioteca que llegó a albergar más de 400.000 volúmenes, realizada por Alhakén II para cultivar el conocimiento, un conocimiento que se a día de hoy quizás no haya dado los frutos suficientes.

 

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