El constructor del Valle de Iberia


Huida. Bilisteges lleva una tijeretada de falcata en el hombro, que no le ha impedido dejar de correr lanza en mano, como cuando en su juventud perseguía rebaños de jabalíes. Ella, Aunia, también sangra y corre agotada, portando un microlito de segar, una bolsa con granos y un chirimbolo.

Al ocaso se ocultan en la maraña, entre pinos y sabinas, al este de Irippo. Sigue diluviando.   Apenas dos leguas de delantera a sus fieros persecutores. Éstos no tendrán compasión si les alcanzan, pues ya han cruzado el río Ira, siguiendo sus huellas.

Una choza para proteger a Aunia y su enser.  Con ramas y hojas de coscoja ha tejido una apresurada cobertura junto a una encina, donde preservarse de alimañas e inclemencias.

Dos primaveras atrás, el príncipe tartesiano le había confiado la edificación de su palacio, que le deparó gran fortuna.

Pero su última construcción megalítica fue el túmulo de su padre Biliseton. Allí mismo, sus hermanos, los Bolilkas, descontentos con el legado, levantaron sus armas de bronce y hierro contra la pareja.

Ambicionan acabar con el linaje del primogénito Bilisteges y no escatimarán crueldad, al estar disconformes con la última voluntad del patriarca sobre su patrimonio.  Bilisteges había sido el hijo preferido de Biliseton, un constructor.

Habían levantado para el príncipe del oppidum las primeras cabañas circulares de mampuestos, cabañas modestas de una sola cámara, cuando se fundó el poblado.  Más tarde, llegaron los clientes al regazo del río, donde podían prosperar con sus campos de cereales bajo la protección del aristócrata.

De su ingenio y sus manos surgieron edificios públicos y privados, circulares, rectangulares, ya de ladrillo de adobe y suelos cubiertos de barro.  Agrupamientos edilicios que han sido hasta desatarse la furia, una sosegada forma de ganarse la vida.

En la húmeda covacha. Bilisteges no puede hervir los granos que porta, pero comparte el pellejo de hidromiel con Aunia, que lastimosa yace entre la hojarasca retorcida de dolor. La mujer evoca la celebración de la última fiesta de la aldea.

Nueve lunas atrás, había disfrutado su amor con Bilisteges en las danzas rituales, donde el chamán de la ciudad había vaticinado tristes augurios.

Bilisteges está malherido. Aunia está encintada. Pronto van a tener un hijo, un varón, otro Bilisteges.

Desconcierto. Del mismo parto, como por hechicería, otro íbero se asoma. En realidad, una íbera, su melliza, por nombre Aunia, como su madre.

Al fin, dos nuevos seres que deberán sortear los peligros de la naturaleza y los avatares con sus congéneres, para forjar la herencia neolítica y hacer progresar codo a codo a la Humanidad.

 

Aunia y Bilisteges. Valle de Iberia. Edad del Hierro. Siglo VII a. c.

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