El sastre de la ciudad


Había una vez un viejo sastre de la ciudad que vendía calles. Calles a medida.

Pero sus calles estaban empolvadas en las estanterías, tras el paso del tiempo. Obsoletas, sin cruces semafóricos inteligentes, sin balizados para que los coches no se detengan, sin surtidores automáticos de combustible … Es decir, eran calles de antes.

Hacía tiempo que en su tienda no había vendido ni siquiera un lúgubre callejón.

Enfrente habían crecido grandes gabinetes, con arquitectos and partners, contra los que era difícil competir, pues ofrecían urbanismo de tecnología punta, con tapices rodantes para coches autónomos y con miles de espacios robotizados para aparcar a varias alturas en la misma acera, bueno acera no, en la banda parking, que se llama ahora.

Nadie se acercaba a comprar sus calles de toda la vida. Él no se había subido al carro del diseño de las presuntas ciudades inteligentes, al BIM BAM BUM de la poderosa tecnología del maldito 7G -¿o era el 8G?.

Pensaba que se había vuelto loca la gente: “Cómo que no le gusta pasear, ni disfrutar o dejar correr a los niños en la ciudad -solía espetar, mientras sus clientes le daban el portazo”.

No entendía que los “amos” fueran los coches, que fueran solos por las vías o se colaran al cine o al teatro, y que los hombres vivieran virtualmente encerrados en cápsulas mínimas mirando una pantalla, cuando no la tenían incrustada en la sien.”

-“¿Y cómo era posible que los nuevos vectores, esos espacios intermedios a los que ya nadie llamaba calles, no tuvieran ninguna función social? Se estaría haciendo mayor.”

Pero un día, una chica de torneadas piernas, sin bajarse de ningún automóvil, saltó al interior de la tienda y le preguntó, cuando estaba a punto de cerrar:

-¿Señor alarife le quedan calles bonitas? Necesito una calle ideal, una calle de verdad.

Y al verla, ese alfayate del urbanismo que había creado miles de espacios y cosido cientos de tramas de ciudades en otro tiempo, se le cayó el portalápiz de la emoción.

Quizás su fama de vendedor de sueños no se había perdido del todo.

En la trastienda la chica examinó las repisas repletas de sutiles ideas y proyectos de ciudad, con calles, paseos, bulevares y plazas. “¡Son tan luminosas e ilusionantes!, celebró en su interior.  Era lo que estaba buscando”.

-¿Podría llevarme estas jardineras para mi vector, para mi calle, para llenarla de flores, de pájaros y árboles?

-Y también quiero esas fuentes y bancos con respaldo y esa pérgola, si sigue de oferta…. Y esos juegos de niños… y más plantas…

 -Claro que sí – contestaba entusiasmado, al tiempo que le quitaba el polvo a las vegetalinas-. ¿Y dónde he de remitir todo esto?

– Envíelo al vector…, o sea, a la calle de la Esperanza, número 1 a 77 -dijo la chica sonriendo y segura de sí misma.

Y ese sastre de la ciudad que vendía calles, se contagió del gesto de la joven a la par que observó un rayo solar que entró por su escaparate. Y el vendedor de calles de otro tiempo también sonrió.

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