Malas artes de Cervantes


Este título no es el primero que me ha pasado por la cabeza, pero justifica el revelar ciertos secretos de forma constructiva. Deben ser expuestas las cualidades desconocidas de un personaje del que otros han hablado ex cátedra sin conocer lo que yo sé.

Como el autor dijo“muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y, estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría……”

Y yo dije en su día. Si me hubiera atrevido a componer la denuncia para el Pachá y no para el escribano de la Cámara Real acaso hubiera enmendado un rótulo más resentido como: LA ESCASA PRISIÓN DE CERVANTES. Pero Miguel de Cerbantes (con b) y de Cortinas -su verdadero apellido materno oculto por no sé qué razón- estuvo preso en otras ocasiones, en varias plazas y por distintas fechorías relacionadas con el dinero público, casi siempre.

Y yo, que quiero hacer justicia, digo que sin duda fue mejor barbero, furriel o gastador en los tercios -cavando trincheras o curando heridas- o incluso de comisario de abastos de la Invencible – aunque no le cuadraran las cuentas- y peor escritor de comedias y de catervas de libros impúdicos y poco originales por decir poco. Y de esto quizá yo sepa algo.

Desde su estancia en los calabozos de Castro del Río y de Sevilla, he estado muy pendiente de él, de sus vicios y yerros, más frecuentes que su fe y su templanza, por mi hábito inquisitorial, que me llevó a seguirle hasta la capital de la Berbería en Argelia.

Así que discurro que el anterior encabezamiento puede generar confusión a estos funcionarios de la Taifa que tengo que ver, que no son muy espabilados. EL CAUTIVERIO EN ARGEL. Tal vez éste sí sea un título más certero para mi relación de causas. Pero hay sucesos que no se pueden delatar por escrito sin tomar las debidas precauciones.

El príncipe de los ingenios. Ja, ja, ja. Voto a Dios que no le llega a Lope ni a la hebilla del zapato, no por mujeriego y tramposo sino por mal escribano. No sé si, en el mismo libro, él mismo dijo de su obra que estaba “ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina”. Y ahí vamos a estar de acuerdo.

Por testimoniar lo que sé, puede parecer que pretendo hablar mal de sus ripios o del Quixote, el disparatado caballero de juicio perdido. Pero es imparcial inferir que se ha mejorado espléndidamente la historia con Fernández de Avellaneda – del que nunca diré que gratificamos, el que os habla y el propio Lope de Vega, por fabricar el apócrifo. Hasta el inglés William Chaquespeare dijo que esta segunda parte salió más redonda, no enterándose cuál era la del de Alcalá y cual la del de Tordesillas.

Esto no saben los que me están esperando. ¡Pero no puedo consentir que se edite la segunda parte, la segunda parte de su Quixote, del de Cerbantes! ¡Aunque tenga que aliarme con el mismísimo diablo! Pues ya la hemos parido gente más cabal, piadosa y con más arte.

Me hubiera gustado escribir otro tipo de testimonio en fecha tan señalada sobre el manco de la batalla más famosa “que vieron los tiempos”. Otrora, muy muy al principio admiré una miaja al manco de Lepanto, pero luego resultó un fiasco, pues ni era manco ni le faltaba la mano izquierda. Todo en él es un engaño.

No llegan los condenados moros.

Sigo cavilando. Cerbantes es un presuntuoso al que su alférez salvó la vida en dos batallas. El que dispusiera Miguel con una carta de recomendación de Juan de Austria, me enceló un poco, es posible. Que él valiera 500 de los de oro, como si fuera un castellano de abolengo, le hizo más engreído y a mí un poco envidioso, qué duda cabe.

Voy a revisar las anotaciones que llevo en el jubón: “Soldado de Galera, aunque que se marea en cubierta. Soberbio de carácter. Remero o, más bien, galeote. Cautivo de rescate. Albañil y pocero, cirujano y barbero. Ladrón, corrupto, liante”. Sí, correcto, mal español y mal cristiano a todas cuentas.

No falto a la verdad si digo que conocí al susodicho haciendo de albañil en los patios de la prisión, alargándole yo argamasa para fabricar un tapial, antes de su penúltima fuga. Latigazo va y latigazo viene en Argel. Lo que fueron los baños turcos más impresionantes de la ciudad, con zócalos y columnas de mármol y cúpulas de alabastro, convertidos en el hacinado penal de 20.000 cristianos.  

Por el día nos forzaban por cuadrillas a elevar los muros para que no se escapara ninguno. Muros que no acababan nunca por la deliberada torpeza de los cautivos.

Sin embargo, por la noche, cuando los carceleros descansaban, Miguel dirigía las excavaciones en los pasadizos. Con gran habilidad aparejaba los trabajos, descimbrando él mismo las galerías, acodándolas sin plomada, o hilando mampuestos para que los demás rellenáramos con tierras y barro las jambas de las cavernas. Del trabajo más duro él se libraba.

Pero, siempre acaba igual. Chivatazo y vuelta a empezar. Y yo nunca fui delator, aunque ganas no me faltaron. Castigaban a clérigos y a mujeres, a cautivos y esclavos sin pan, sin agua, redoblando latigazos. Menos a él.

CERVANTES PRÓFUGO podría ser un título adecuado para mi reporte a los espías turcos si hubieran servido de algo sus cuatro escapadas en 5 años preso.

Qué casualidad que el príncipe de los ingenios, no pudo escribir nada bueno de mí ni del sultán en la prisión, cuando él ideaba más huidas mientras apalizaban o empalaban a otros. Acaso Calíope y Talía se mostraban esquivas para florear a los gobernantes otomanos.

En Salamanca recuerdo que conseguí de su impresor que testificara que su obra más famosa fue una burda copia de un manuscrito árabe, de un tal Hamete Benegeli. Pero no le causó gran perjuicio.

MALAS ARTES. DE CERVANTES digo. Si sus obras, algunas de su obras y acciones hubieran sido buenas, podría haber vivido de ellas, como Lope o Calderón, pero siempre tuvo estrecheces.

Cae la noche y dos embozados con turbante veo llegar. Estos berberiscos de Orán no sé si me van a escuchar, pero he de castigarle como se merece y que no publique más. Y he de lograr retirarme con algo más que un escudo de oro y una jarra de manteca.

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Nota aclaratoria sobre el autor del manuscrito

Confiesa que es Juan Blanco de Paz, exfraile dominico, excomulgado por la Iglesia católica, detenido por dos aguaciles mientras deambulaba por el puerto de Orán con el presente pliego.

Se le acusa de ser asesor del rey Alí Pachá, de la Taifa de Argel. Confiesa que es cura de una iglesia en Baza. Alega en su defensa que fue comisario de la Inquisición, después lo niega en el potro y, exhausto, cita a un compañero de cautiverio en los Baños de Argel; a un tal Cerbantes, que nadie en el norte de África sabe quién es.

El 23 de abril, el viejo fraile se escapó del calabozo sobornando a un carcelero. Sigue aún en busca y captura.

Años después, en esta orilla del Mediterráneo se sabe de la muerte de ese tal Miguel de Cerbantes y  Saauedra, y que su última obra teatral Los Baños de Argel” nunca fue estrenada.

 

 

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