La curva hacia la dictadura


La vida es el don más preciado por el ser humano. Por la vida, ya sea la propia o la ajena, el hombre está dispuesto a grandes sacrificios, como renunciar a la libertad de movimientos para confinarse en los hogares, cerrar negocios que sirven de sustento a miles de familias, o aceptar el terrible varapalo económico que supone renunciar a la principal actividad económica de una ciudad. Todos esos sacrificios han sido asumidos estoicamente por los españoles por entenderlos  necesarios para conservar el bien más esencial. Pero sólo por esa razón. Aprovechar las dolorosas circunstancias actuales para imponer la voluntad y el criterio de determinada ideología es algo deleznable y ruin. Y eso está sucediendo en la actualidad.

Escondido bajo el lema “Hay que remar entre todos y no es momento de división” se oculta un ataque hacia cualquier crítica en la gestión del actual gobierno.  Un gobierno que retrasó medidas por motivos ideológicos. Un gobierno que centralizó las compras de material necesario  en un departamento que, tras varios lustros de descentralización, carecía de estructura y práctica suficiente para ello. Un gobierno que ha comprado test inútiles y repartido mascarillas defectuosas. Un gobierno que al principio decía que no eran necesarias, para luego entre risas explicar en televisión cómo se deben poner. Un gobierno que oculta los datos de fallecidos reales bajo sistemas de cómputo arbitrarios. Un gobierno que ha intentado prostituir el loable sentimiento del aplauso de las ocho para apropiárselo y hacerlo “transversal” y “pro público”. Un gobierno que tan pronto  exige a sus rivales lealtad a las instituciones como ataca a la monarquía parlamentaria y constitucional, pieza esencial de nuestro estado de derecho. Un gobierno que amparado por el estado de alarma elimina el portal de transparencia para no tener que rendir cuentas, negándose a decir a quién le compró el material defectuoso y cuánto costó. Un gobierno que filtra las preguntas de las ruedas de prensa para eludir aquellas que puedan resultar molestas por poner en evidencia sus contradicciones, fallos y carencias.

Parecería que se está preparando el camino hacia el definitivo recorte de la libertad.  Aprovechando  el dolor y la preocupación en que están sumidos los hogares españoles, con la economía hecha trizas y con un parlamento casi desactivado, el Centro de Investigaciones Sociológicas ha vuelto a ponerse al servicio, no de la nación sino de los partidos gobernantes. Así, pretende crear la ilusión ficticia de una reclusión feliz, en la que el 97,3 % de los ciudadanos aprueban la gestión del gobierno en esta crisis. Ni siquiera en los regímenes totalitarios del otro lado del Telón de Acero exageraban tanto los apoyos populares. Pero el dato del apoyo, por infantil, no es el realmente preocupante. El que entraña un peligro real es el que pretende acabar con la información creando un estado de opinión favorable a la supresión de la libertad de prensa. Así, mezcla en la pregunta la existencia de “Fakes” y bulos en redes sociales con el periodismo serio y de investigación, con el propósito de que, aborreciendo a los primeros, el ciudadano renuncie a los segundos y  confíe en una única “Verdad oficial”.

En la hemeroteca aún pueden verse  viejas declaraciones en los que el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, apostaba por eliminar los medios de comunicación privados. En realidad, en un rasgo de sinceridad, nunca ha ocultado su interés por controlar la información. Quizás por esa razón se ha regado con generosas subvenciones a las televisiones afines que se regodean en datos de fallecidos y fosas comunes de otros países, pero esconden las imágenes de los ataúdes propios para que la moral se mantenga alta.

El derecho a la información libre y veraz y la ilegalidad de la censura previa forman parte de los derechos fundamentales amparados por el título primero de la Constitución. Sin embargo, la instauración de un “Ministerio de la Verdad” digno del libro de George Orwell está más cerca que nunca. Si este derecho esencial en una democracia cae, le seguirán otros que ya hoy se ven amenazados, como el que ampara la libertad de Culto, de Cátedra, de Educación, etc. Por lo que de esta crisis podremos quizás salir vivos, aunque mucho más pobres. Pero si no se alza ahora la voz, lo seguro es que saldremos menos libres. Y esa curva, y no solo la de las discutibles gráficas de la crisis sanitaria, también la tendremos que doblar.

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