Córdoba o el gobierno de los cínicos


Se adivinan ya las elecciones en el horizonte. Primero las autonómicas, a modo de avanzadilla. Meses después, y mucho más cercanas para el ciudadano, las municipales. Empieza por tanto el peligroso y divertido juego de los codazos entre camaradas para ocupar una posición, o la competición entre partidos de parecido pensamiento para diferenciarse entre sí y contentar a sus votantes. En la izquierda, esta competición a veces parece más bien un concurso en el que gana quien dice la estulticia mayor, y en ella se ha embarcado de nuevo el prócer Pedro García,Teniente de Alcalde y «pluriconcejal» responsable de Turismo, Urbanismo y limpieza. Tres de las áreas más importantes de la ciudad, y tres fracasos de gestión.  Tres toros tres en los que el novillero García ha venido recibiendo revolcón tras revolcón sin conseguir faena, pero siempre a costa de la ciudad.

Pero no parece importarle demasiado. Al parecer la mastodóntica y macrocefálica Gerencia de urbanismo no está para gestionar la ordenación, el crecimiento y la vida de la ciudad, ni Sadeco para mantenerla limpia, ni el turismo de Córdoba para ser motor de la economía local. Están, las tres áreas, para luchar contra el capital y contra la Iglesia opresora. Por eso, que una licencia de actividad se eternice o se niegue caprichosamente, que las calles parezcan un estercolero, y que se machaque sistemáticamente al sector turístico con una nula gestión no importa. Lo que importa de verdad en la ciudad es el obispo.

Y es que el obispo, en la homilía de celebración de la misa principal a San Rafael, cometió la osadía de decir que los políticos deben dedicarse a gestionar correcta y honradamente lo público, enfocándola al servicio del ciudadano y luchando contra la pobreza por la dignidad de las personas, en vez de perder el tiempo con cuestionescomo la propiedad de la mezquita-catedral. Que el tema ya cansa, y que si alguien opina que la Catedral no es de la Iglesia, en lugar de vocear acuda a los tribunales, que es donde se resuelven estas cuestiones de derecho.

Se ve que al ínclito García le ha debido doler que le digan las verdades del barquero, y no ha tenido mejor salida que publicar en sus redes que le parece «inaudito» tener que soportar en el siglo XXI la «indecencia de este obispo», al que «va siendo hora de decir “basta”». El súper-edil se hace el sorprendido, de cara a sus escasos incondicionales, porque el prelado cordobés muestre su preocupación por los problemas sociales y hable del templo en el que tiene su sede. Olvida que un obispo en sus homilías habla para los fieles, por lo que, si él no lo es, no debería darse por aludido. Olvida también, -o quizás nunca estuvo de acuerdo con ello-, que la libertad de expresión y de culto son una feliz realidad en nuestra sociedad. Quizás eso de la libertad no encaje muy bien con sus planteamientos ideológicos.

Más le valdría mirar las encuestas, para ser consciente de que los exiguos cuatro ediles de su formación se estancan hasta hacerlo pasar a cuarta fuerza de la ciudad, -si no hay confluencia de extrema izquierda que lo remedie, en cuyo caso ya veríamos quién es la cabeza de ese ratón-. Más le valdría luchar para que a los cordobeses no nos coma la basura. Por no vampirizar a las empresas que se planteen instalarse en la ciudad. Por procurar unas condiciones dignas para la ciudad, sus habitantes y su actividad económica.

Contagiados, sin duda, por esa vorágine de declaraciones intempestivas, o pugnando por el mismo micro-nicho de votos radicales, los ediles del PSOE se han sumado a las críticas al obispo. La alcaldesa, a la que le iba razonablemente bien en las encuestas con su política de invisibilidad, ha dedicado un intrascendente tuit a la cuestión. Más le valdría, si pretende pescar algún voto entre los católicos, recibir a quien los representa en la ciudad, pues va para tres años que no encuentra hueco en su agenda, entre partido de alevines e inauguración de maquetas.

Pero, más allá de su insípido mensaje,  ha delegado una vez más en Emilio Aumente (A fuer de sinceros, el único que estuvo presente en la homilía y escuchó las palabras) quien ha lamentado que Demetrio Fernández «use un día como el de san Rafael, que es el custodio (sic) de la Policía Local, para dar su mensaje político». La cara amable del socialismo cordobés, cuya dimisión ‘interruptus’ la feria pasada duró lo mismo que la independencia catalana, se ha sentido especialmente afectado porque se le recuerde desde la sede que hay tres barrios en la ciudad entre los más pobres de España, a la cola en educación, sanidad, desarrollo y progreso, y aunque no cuestiona su derecho a expresarse, ha considerado inapropiado el sitio, manifestando que la iglesia de San Rafael no es el ámbito ni el lugar para hacerlo. Probablemente nuestro concejal pensará que el sitio idóneo para que un obispo hable de las necesidades sociales ese día es en torno a un perol en los Villares, con un medio de montilla en la mano. Pero nuestro obispo es de origen castellano, por lo que no parece muy dado a esas tradiciones gastronómico-festivas locales, y quizás prefiera decir sus homilías en un templo.

 

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