¿Aún quedan valores?


«…Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!»

El conocido tango Cambalache afirmaba que «…el siglo XX es un despliegue de maldad insolente». El genial Enrique Santos Discépolo se quedó muy corto si pensó que en la siguiente centuria la situación mejoraría, pues cada una de sus magistrales estrofas parece hacerse realidad estos días, en los que da la impresión de que los principios morales y los valores éticos han desaparecido de la sociedad. Y así «Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley»

No hay más que acceder a las redes sociales o a los medios de comunicación para comprobar que la realidad objetiva pesa menos que la posverdad. Que las denominadas Fake news dominan la opinión. Que la verdad depende del número de seguidores en Facebook o los retuits que se generen. Que el relativismo se ha adueñado de las relaciones humanas. Por ejemplo, la opinión de un reputado profesional, docto en una materia, es menospreciada frente a la de cualquier indocumentado, aunque ésta presente una redacción y ortografía que daña a la vista y a la mente. Las informaciones, ya no sesgadas sino directamente falsas se adueñan de determinados medios con apariencia de serios. Se insulta y ofende con extrema facilidad. Se deshumaniza al hombre y se humaniza al animal. Se dan por inexistentes los principios naturales en beneficio de la convención.

No es de extrañar, por ello, que la decepción y el escepticismo sea la tónica dominante entre los ciudadanos asqueados por la situación. En esos casos no está de más volver la mirada a los principios y valores que siempre han estado ahí. El respeto, la búsqueda de la bondad, la generosidad, el valor, y la mayor consideración hacia la dignidad del ser humano sin distinción.

Esos valores son, o deberían ser, connaturales a toda persona, pues están intrínsecamente presentes en el hombre por el hecho de serlo (Por el simple placer de epatar a los profesionales de la mamandurria que anidan en distintos observatorios del lenguaje inclusivo y la perspectiva de género, se ha escrito deliberadamente «Hombre»: Ser animado racional, ya sea varón o mujer).

Los principios referidos no son, por tanto, exclusivos de una religión. No es imprescindible practicar una fe concreta, -o simplemente practicar alguna fe-, para conocerlos y asumirlos. Incluso en ocasiones pastores y fieles traicionan estos fundamentos incurriendo en actuaciones producen escándalo y dolor. A veces parecería que es la ambición o el interés económico o político lo que mueve la actuación de algún representante de la Iglesia. Pero pese a ello, en la Iglesia Católica el uso de estos valores como referente es más evidente, por derivación del concepto de Hombre creado a imagen y semejanza del mismo Dios.  El ejemplo de tantos cristianos que viven esos principios prima sobre la desafección que provoca lo anterior. Y esto se hace especialmente evidente al ver numerosas instituciones católicas volcadas con el prójimo. Auxiliando desinteresadamente al necesitado. Dando comida al hambriento y bebida al sediento, como hace Cáritas. Asistiendo al cautivo, como siempre hicieron las órdenes trinitaria y mercedaria, ahora con el apoyo de la magnífica pastoral penitenciaria. Vistiendo al desnudo y cobijando a los nuevos peregrinos de la de la inmigración en cada parroquia. Practicando, en definitiva el Amor. Entendiendo que todo ser humano es igual en dignidad y merecedor del más alto respeto.

Se acerca el Corpus Christi. Una celebración muy especial para los católicos, en la que esa idea de Amor debería adquirir su máxima dimensión. Podría ser una buena ocasión para que cada persona, sea católico o no, vuelva la vista a esos valores inmutables que hoy están tan olvidados: El respeto, la búsqueda del bien común, la consideración del hombre como algo único. La casi desaparecida honestidad. La coherencia. La ética. La Verdad.

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