Soberana del Dolor


El Viernes es tuyo. Tuyo como cada segundo de vida de esta ciudad, a veces dormida, pero que nunca olvida el camino de piedras que conduce hasta tu casa.
¿Quién puede sostener tu mirada? ¿Quién puede evitar conmoverse ante tu hondo penar? Cordobeses, mirad si hay dolor semejante a su dolor… No hay, Bendita Madre de los Dolores, corazón tan duro que no sienta las punzadas de los puñales que atraviesan tu pecho. No hay bien nacido al que no se le humedezcan los ojos al contemplarte. Por encima de modas pasajeras. Por encima de frágiles memorias. Por encima incluso de los errores cometidos en tu nombre por tus hijos más cercanos, Córdoba entera te reza de forma ininterrumpida desde hace tres siglos. Porque sus mujeres llevan tu bendito nombre. Porque las abuelas dan a besar tu estampa a sus nietos. Porque hubo padres que, antes incluso de acristianar a sus hijos, ya los hicieron tuyos.
Subir los escalones de San Jacinto y simplemente mirarte, ya es, sin necesidad de hablarte, rezar. Sólo con ver el rio de lágrimas que corre sobre tu pálido rostro, ya se siente el dolor por los propios pecados. Sólo con contemplar tu mirada, ya se percibe el consuelo de la infinita misericordia redentora de tu Hijo. No hace falta el bisbiseo de una oración. No hace falta postrarse a tus plantas, aunque al verte resulte inevitable hacerlo.
Si alguna vez nos parecieran oxidados tus blasones, recuérdanos, Madre, el brillo sincero de tu corazón traspasado por siete puñales. Si un día pensáramos que tu luz puede eclipsarse, ínstanos a preguntarle a las piedras de tu plaza. ¡Cuántas lágrimas! ¡Cuánta cera y esperanza acumulada! Si alguna vez viésemos decadencia en tus formas imperturbables, perdona a tus hijos el atrevimiento, y vuelve a mostrarnos el romántico encanto que siempre envolvió tu caminar.
Reina de los corazones de los cordobeses. Enlutada Señora de los servitas, alejada de tendencias. Rosa dolorosa de San Jacinto, cantada por los poetas y soñada por los pintores. Ampáranos bajo tu manto. Vuelve a nosotros, tus hijos, ese rostro bendito lleno de lágrimas de Misericordia, y no permitas que nos apartemos jamás de ti.
Es Viernes de Dolores. Virgo Dolorosissima Cordubensis. Ora pro nobis. ¡oh siempre Dulce y Bendita Madre de los Dolores, Reina y Señora de los cordobeses!

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