El lobby quiere opinar


Andaban contentos los cofrades, o al menos una amplísima mayoría de ellos, por la decisión de trasladar la carrera oficial a la Catedral. Se cumplía con ello un viejo anhelo de las hermandades: Dotar a su estación de penitencia de mayor sentido catequético y eclesial. Y contentos estaban también, aunque por otras razones, representantes de distintos sectores de la ciudad.

Empeñado en limpiar la imagen negativa que dejó en los primeros días de gobierno local, el concejal socialista Aumente insistía en lo magnifico que le parecía la propuesta, y afirmaba que la soberana decisión de las hermandades tendría, seguro, una gran acogida. Con la misma o mayor vehemencia se expresaba el Partido Popular, trasladando el compromiso de agilizarlo todo, quizás sin recordar el escaso poder de su grupo, aun siendo mayoritario, frente al equipo de gobierno. Tan sólo el ex costalero Pedro García, de Izquierda Unida, declinaba pronunciarse con la excusa de no conocer el proyecto. El responsable de cultura, urbanismo y limpieza, tres áreas íntimamente relacionadas con la carrera oficial, demostró así lo peculiares que pueden llegar a ser nuestros políticos municipales.

Los representantes del motor económico de la ciudad, que, no se nos olvide, hoy por hoy es el turismo, se frotaban también las manos, en la confianza de hacer el agosto en primavera. Aunque no aportaban gran cosa a la celebración, al menos tenían claro, y ya es importante, que una Semana Santa en la Catedral es un importante impulso para la ciudad.

Así, casi sobre ruedas iba la cosa, entre felicitaciones incluso de las cofradías que votaron “no”, porque ya dijo Napoleón que la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana. Hasta que los representantes de alguna asociación vecinal clamaron por su particular “derecho a decidir”, y se manifestaron en contra del trazado “Que afecta a todos y todas” (sic). Inmediatamente, el Consejo del Movimiento Ciudadano se posicionó a su lado. Y la alcaldesa, en un equilibrio digno del mejor funambulista, dijo que sí pero no. Que lo único determinante en el traslado sería la seguridad, movilidad y accesibilidad, aspectos que, según su  teniente de alcalde, ya han sido contemplados favorablemente. Pero que por supuesto estaba con los vecinos, y tendría muy en cuenta sus reclamaciones.

Quizás ha llegado el momento de reflexionar sobre estos entes, o grupos de presión. El Consejo del Movimiento Ciudadano, en teoría, aglutina a las asociaciones de la ciudad. Tanto las vecinales como de padres de alumnos (sólo de la enseñanza pública), asociaciones deportivas y peñas. Sin embargo, el mayor movimiento asociativo de la ciudad, con una representatividad muy superior a las  señaladas, son precisamente las cofradías, y no forman parte de ese consejo. En la actualidad, ese órgano meramente consultivo está dirigido por un antiguo concejal de Izquierda Unida que migró hacia el PSOE.

Por su parte, La asociación de vecinos afectada es una entidad de lo más peculiar. Cualquiera pensaría que, para ser miembro de ella sería necesario residir en la zona que dice representar, pero no es así. Mañana, usted y yo, apreciado lector que vive en, supongamos, Ciudad Jardín, podemos asociarnos a la A. VV. Axerquía.  Bueno, a mí puede que ya no me dejen, pero a usted seguro que sí, amable lector. Sólo tiene que pagar la cuota, pero no residir allí,  ni tener el más mínimo interés en hacerlo, como se deduce de sus estatutos.

¿Realmente buscan estas entidades aglutinar y representar a los vecinos? En parte sí. Algunas no pretenden otra cosa. Pero en el caso de la A.VV Axerquía, los fines son harto curiosos, pues incluyen, entre otros “Fomentar la integración efectiva en todos los ámbitos de la sociedad y en especial en lo social, laboral y cultural, de los inmigrantes y otras minorías étnicas residentes”. “Fomentar la igualdad entre sexos y evitar cualquier tipo de discriminación por causa de orientación afectivo sexual y disforia de género”, “participar activamente en la creación y consecución de una sociedad igualitaria”, fomentar la “solidaridad con el llamado “Tercer Mundo” y en especial con Latinoamérica” y “Difundir el espíritu del Tratado de la Unión y los derechos y deberes de la ciudadanía en la Unión Europea, así como colaborar en la ejecución de programas de toda índole encaminados a desarrollar nuestra ciudad. Y nuestra plena integración en Europa”. Todos ellos, sin duda muy loables, pero que difícilmente encajan en lo que cabría esperar de una corporación de este tipo.

La representatividad de este tipo de asociaciones es, por lo general,  mínima. Muy pocos vecinos son miembros de la entidad que dice representarlos. La mayoría de las veces la afiliación real es muy inferior al 10% del censo de la zona. Sin embargo su poder, su presencia en los medios, y su influencia en capitulares, está muy por encima de su capacidad real para aglutinar a los vecinos. Son, en definitiva, grupos de presión, lobbies al servicio de una tendencia ideológica y del crecimiento mediático de sus dirigentes. Absolutamente sobredimensionados, pero con el consentimiento de todas las corporaciones municipales que han ido pasando por capitulares. Y estos son los que quieren decidir por las cofradías.

 

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