El cine de verano


Proyectaban películas que solían llevar dos o más años de retraso respecto a sus estrenos en Madrid.

cine de verano
Coliseo de San Andrés. /Foto: LVC
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Coliseo de San Andrés. /Foto: LVC

Cuando en verano nos llega el calor a Córdoba, la ciudad se hace insoportable y no hay más remedio que aguantarse. Pero en los años 50-60 del siglo XX parecía que se toleraba mejor, quizás porque la vida en los patios era más ventilada, y se contaba con la bondad del agua del pozo, las macetas con plantas y los muros gruesos de las paredes. Igualmente eran pocos los coches que circulaban por aquellas calles apenas adoquinadas, era menor también la cantidad de granito que se recalentaba y no había tantos aparatos modernos emitiendo calor. No obstante, el sopor llegaba igualmente por las tardes y el calor se disimulaba escondiéndose con el silencio de la siesta.

Cuando se retiraba el sol y las toldillas y cortinas daban paso a la claridad, empezaban los patios a recobrar su actividad. Los baños de cinc llenos de agua recalentada al sol se convertían en piscinas para los pequeños de la casa, que se metían por parejas, o incluso de tres en tres, para disfrutar del remojón. Con la caída de la tarde los vecinos solían regar el patio, e incluso la puerta de la calle, para posteriormente sentarse allí a tomar el fresco. El cantar de los grillos, el revoletear de los murciélagos, y el andar por las paredes blancas de las salamanquesas era la única música de fondo para acompañar unas conversaciones sobre lo divino y lo humano, en su mayoría de mujeres sentadas de cara a la fachada. Y digo las mujeres porque la mayoría de los hombres solía decir algo como: “(…) voy un momento a la barbería a leer el periódico”, y con este socorrido achaque o uno similar se marchaban a la taberna, a su alterne diario.

Aparte de estas rutinas inmemoriales para sobrellevar el calor veraniego, Córdoba contaba con una amplia oferta de cines de verano, una cifra que hoy nos parece increíble: más de treinta. Proyectaban películas que solían llevar dos o más años de retraso respecto a sus estrenos en Madrid. Incluso en muchas parroquias se montaron cines parroquiales, compartiendo en la mayoría de los casos las películas “rollo a rollo”. Así, el profesor Toribio García, en su pequeño trabajo sobre el Colegio Santa Catalina de Siena, dice: “Todos los niños del colegio abonaban durante el curso 1956-57 la cantidad de una peseta mensual en concepto de ayuda al cine escolar”. Y el mismo Obispo Fray Albino había elaborado un proyecto pedagógico en el que se creaba un cine escolar como complemento a la tarea educativa.

A nivel empresarial, el cine en Córdoba era asunto sobre todo de tres grandes empresas que gestionaban varios cines: las de Antonio Cabrera, los hermanos Sánchez Ramade y los hermanos Ramos, a los que se unían otros cines llevados por pequeños empresarios. De los tres grandes, quizás el más celebre entonces fuese Cabrera, el más antiguo de todos, simpático personaje de pequeña estatura siempre con un lazo negro anudado al cuello. Desde muy joven estuvo relacionado con los espectáculos, ya que con un puntero en la mano iba desgranando los diálogos de las primerísimas películas del cine mudo que se proyectaron en nuestra ciudad. Del transporte de los rollos, en aquellas pesadas “sacas”, solía encargarse la Agencia Garrido de la Calle Alfonso XIII.

De aquellos populares cines de verano, podemos destacar:

El Cine Astoria, que a pesar de las ínfulas de su nombre era de los más pobres de Córdoba. Estaba ubicado en la entonces calle Ruano Girón (hoy Jesús del Calvario), haciendo esquina con el Cine Iris de invierno, donde se ponía la jeringuera “La Pulgarina”. El cine pertenecía a un particular, un humilde maestro escuela de un pueblo, que por todo vehículo solo tenía una bicicleta BH. Aquí se echaban películas que más de una vez el público pitaba por sus escasas condiciones de visión o sonido, a pesar de los esfuerzos del maquinista (de apellido Zamorano), que no podía hacer milagros. Tenía un timbre de llamada (se daban tres toques de aviso al empezar la película) que, eso sí, era de los más sonoros de Córdoba. A pesar de su humildad, este cine tuvo su inesperado momento de gloria con la proyección de la película “La herida luminosa”, que fue a verla media Córdoba, estando por lo menos un mes en cartelera. Entonces las películas no iban rotando por los diversos cines.

Cerca estaba otro cine de más empaque, que aún subsiste afortunadamente, el Cine Delicias. La música de los entreactos y los descansos fue siempre, de forma inexorable, “Las tarantas de Linares». Con “Los hijos no se venden” tuvo un éxito rotundo y se formaron largas colas para ver aquella película. Testigo de todas estas situaciones fue “Miguel el Cojo” que tenía un puesto enorme de arropías en medio de la calle Frailes junto a la puerta del cine. Tenía el propio puesto de arropías y luego un enorme lebrillo de “chochos”, otro lebrillo de chufas y dos garrafas enormes de polos de nieve Este hombre, por vender, vendía también almezas, con lo que la “guerra” de proyectiles de los chiquillos dentro del cine estaba garantizada. Dada la amplitud de este cine, también se utilizó para que en él se instalase el Circo Bahía, y hasta una Cruz de Mayo de los vecinos de San Juan de Letrán.

El Córdoba Cinema, en el Arroyo de San Lorenzo, enfrente de la calle Abéjar, denotaba ya un cierto nivel. Tenía hasta vendedores de agua con botijo, cuando lo normal en otros cines de verano era la jarra de cristal con el vaso común, secado, eso sí, con un paño cada vez que era utilizado por un cliente. Aun así, el vaso empezaba de color blanco y terminaba con un tono algo amarillo. De esto del botijo, puede hablar mi amigo Antonio Castro «El Chicote» que el vendía agua con botijo, y que un gitano de la calle Arenillas, le pidió beber agua con el botijo, y quizás por que quedara poca agua ya, lo cierto que el orondo gitano le dejó el botijo totalmente vacío, después de estar bebiendo un buen rato; al parecer echó el achaque de que había comido «bacalao encebollado».

Quizás por la cercanía del Cuartel de la Guardia Civil (estaba en el solar donde se abrió la actual calle H. Domínguez Ortiz) allí se mantenía siempre el orden. Aun con su compostura, fue el estreno de la película “Ana” lo que provocó un mayor furor, máxime cuando la hermosa Silvana Mangano bailaba. Fue tanta la gente que acudió que tuvieron que habilitar una puerta posterior que daba frente a la fábrica de lejías “La Oca» para poder evacuar. En este cine también se daban en el mediodía veraniego unos combates de boxeo entre aficionados. Uno de los líderes de aquellos combates fue sin duda «El Mangui», de la saga de los Maldonado de la calle Rinconada de San Antonio, que un día obtuvo un espléndido éxito al derrotar a uno que le decían «El Panadero de San Pedro», y fue llevado por ello en multitud a hombros… para echarlo, vestido y todo, al pilón de la centenaria fuente de la “Piedra Escrita».

A un paso, en la misma calle Abéjar, al salir de la calle de Pedro Verdugo, estaba el Cine Iris de verano, enfrente de la casa de los “Coloraos”. También en este cine se montaron otros espectáculos como combates de boxeo y lucha libre. La película que lo llenó hasta los topes fue la simpática “El látigo negro”, con las hazañas del hombre del látigo y la facilidad con la que este protagonista se escondía detrás de la cascada. Nadie podía ni imaginar su repercusión: En 1954 llegó a San Lorenzo como párroco un sacerdote de Cantabria, y por su porte y estatura, su carácter y su vestimenta negra (sotana), que paseaba sobre una bicicleta, le fue puesto el apodo de “El Látigo Negro” y con este apodo pasó a la historia próxima del barrio, y aún se le sigue conociendo así.

El Cine Terraza Magdalena no era de los más grandes, pero sí de los más frescos por su ubicación junto al jardín del mismo nombre. Tuvo también una película con la que “hizo su agosto”, “Un trono para Kristi”. Hasta las máquinas de cortar hielo de la fábrica que había justo al lado guardaron respetuoso silencio para no molestar al ambiente de la película. “La Muda”, que tenía tradicionalmente el puesto de arropías enfrente del cine, pudo dar fe del gentío que se agolpaba. El mismo Bar Marcelo, que estaba en la fachada de Talleres Ruda, sacó también provecho de este éxito. Toda la plaza era un bullicio.

Hay que decir que contrastaba mucho el cambio del verano al invierno en la Magdalena. En invierno, y en sus noches de soledad, solo se podían ver de vez en cuando a algunos fieles que, en total silencio, y acompañados en la mayoría de los casos de un menor, acudían a la urna de los «Santos Varones» situada en la fachada de la iglesia. Testigo de esta soledad fue durante mucho tiempo la palmera que se encaramaba en el centro de la plaza, y que fue derribada peligrosamente por el viento en la tarde de un domingo de los años sesenta.

Hoy en día, la Magdalena languidece, y ni Talleres Ruda, ni el puesto de la “Muda”, ni el Bar Marcelo, ni la fábrica de hielo, y menos aún la palmera, son testigos de nada…

Ya cerca de San Pedro estaba el Cine Andalucía, que se llenó a reventar para presenciar “La violetera”, llegándose a poner incluso dos sesiones en vez de lo habitual que era la sesión continua. La plaza del Vizconde de Miranda se abarrotaba de gente esperando para la segunda sesión. Sin embargo, este cine tenía la incomodidad del mal estado en que se encontraban las sillas, pues daba la impresión de que allí llegaban las peores de la empresa. Además, llegar al cine desde la Magdalena era desalentador, pues tenías que pasar antes por casa “El Aguililla», es decir, la Funeraria Vázquez, y nada más ver el letrero se te ponía la carne de gallina. Contrastaba esta sensación con la de ver cómo “Pepe el Gordo”, uno de los dueños de la funeraria, comentaba admirado “lo impresionante que estaba la Sara Montiel” en la citada película.

No muy lejos de allí, en la calle Diego Méndez, estaba el simpático Cine Realejo, que también conoció sus días de gloria con la película “Perdóname” donde Raf Vallone hacía furor entre las mujeres. Este cine era de los más calurosos de Córdoba pues estaba prácticamente encajonado. Las paredes estaban llenas de carteles de películas donde aparecían artistas como Lola Flores, Juanita Reina, Marifé de Triana, Estrellita Castro, Miguel Ligero, etc.

El Cine Florida, uno de los más espléndidos de Córdoba, por su amplitud y comodidad, estaba enclavado en plenas Costanillas, en el Huerto Hundido. A pesar de la gran humildad de este barrio, nunca se conoció que ocurriesen problemas más allá de lo que se puede considerar normal. Eso sí, era casi habitual la pareja de guardias para poner orden en las colas de las taquillas. “Marineros no miréis a las chicas”, película italiana con Renato Carazzone, fue uno de sus éxitos de público, tanto que tuvieron que abrir las puertas que daban a la Calle Humosa, muy cerca del que fue domicilio del tristemente famoso “Cintas Verdes” (Cinta Velde Palazón).

Cercano al anterior estaba el Cine Ordóñez, que pertenecía a la empresa Ramos y reponía todas las películas que pasaban por el Góngora al ser del mismo grupo. Una película que se recordó por la notoriedad que dio fue “Sube y Baja» del gran Mario Moreno Cantinflas. A su pesar, este cine era famoso por las “chinches”. Era tal la mala fama, que el “cartelero andante” que anunciaba las películas (el famoso “Platanín” de la calle María Auxiliadora) iba por las calles con un “tubo-altavoz” pregonando a voces: “El cine que tienen las mejores sillas, sin chinches y sin ZZ, donde se encontrará tan a gusto como si estuviera en el patio de su misma casa». El problema de este “vocero” es que a veces, antes de terminar la jornada como «hombre-anuncio», quizás con unos “medios” de más, empezaba a pregonar la verdad: “Sillas con chinches y ZZ». Lógicamente no duró mucho su contrato de trabajo y terminó de sepulturero en el Cementerio de la Salud, al que “limpió” de caracoles gordos para sus guisos.

El Cine situado en la calle Zarco, hoy Cine Olimpia, estaba situado en lo que durante la guerra fue una huerta familiar, y donde durante la misma contienda cayó una bomba que hirió a uno de los familiares. La película que marcó un antes y un después en este cine fue «Fort it», un primer intento de cine en relieve mediante gafas de cartón con papel de celofán verde y rojo. La escena que impresionó, sobre todo a las filas primeras, era una donde un indio, mirando a la cámara, lanzaba un hacha, y más de uno agachó la cabeza por si acaso. Sin embargo esto no era una novedad, ya que unos diez años antes, en 1946, en el Duque de Rivas se proyectó para este mismo tipo de gafas la película “Los crímenes del Museo de Cera” y también se formó su polvareda.

El cine de verano más asequible para los chiquillos era el del Estadio El Arcángel. Allí costaba el cine (en localidad de grada en el Gol Norte) dos reales. En el lugar del marcador estaba la cabina de proyección. También tenía su zona de sillas, que se ubicaban entre el Gol Norte y la portería, que era donde estaba el telón. La película que causó sensación fue “Kim de la India”, en la que aparecía el ya famoso Errol Flyn, nuestro “Robín de los Bosques”. Este cine era muy “vulnerable” por la cantidad de “parillas” que rodeaban al estadio. Había gente que se aupaba y saltaba con una facilidad asombrosa. Unos lo intentaban por la zona del Gol Norte, otros por Preferencia, e incluso otros por la zona de vestuarios. Los porteros y acomodadores estaban situados en las puertas del estadio y desde allí a los sitios “vulnerables” había una distancia importante.

En el Cine Fuenseca fue la película “Mundo de noche” la que hizo furor entre la gente joven aficionada al fútbol, pues se cundió que en dicha cinta aparecía en un momento determinado el famoso “Pelé”, que por aquellos tiempos estaba de máxima actualidad por su fama en el campeonato mundial de Suecia (1958). Este cine era famoso por sus grandes llenos, y además se decía que era el que echaba los mejores reportajes del «Nodo».

Con tantos éxitos de público, al estar el cine lleno y gente esperando en la calle para entrar en su lugar, inevitablemente la salida había que hacerla por la calle Santa Marta, por la puerta situada exactamente enfrente de una Cooperativa de Ebanistas. Sobre dicha cooperativa, se decía en voz baja que se desarrolló una sociedad masónica con todos sus ingredientes, hasta el punto de que varios socios, formaron parte de una determinada candidatura al Ayuntamiento de Córdoba en tiempos de la II República.

El Cine Plaza de Toros estaba en la plaza vieja de Ronda de los Tejares. Las sillas se ubicaban en mitad del ruedo, pero también podías ver la película desde las gradas por sólo dos reales. Lo que pasa es que veías el telón por atrás y la imagen al revés. Aun con esta “incomodidad» la chavalería formaba un escándalo alborozado cuando iba por aquellas galerías para acceder a las gradas del ruedo. La mayoría se quedaba en las gradas del tendido que estaban más cercanas al telón. Pero otros, quizás por ser especiales, se subían hasta los palcos, y siempre que había cualquier irregularidad de sonido o de corte, empezaban a dar golpes en las chapas de propaganda de “Coñac Cruz Conde” que a modo de zócalo tapaban las barandillas de los palcos.

El Coliseo San Andrés, enclavado en la calle Fernán Pérez de Oliva, por presentación, elegancia y familiaridad era uno de los mejores de Córdoba. A la derecha tenía un escenario donde se dieron actuaciones de flamenco, en el que “El Palanca” y “Adelfa Soto” eran muy habituales. También vino a este cine la caravana de “Conozca usted a sus vecinos”, con Rafael Santisteban, famoso y pequeño locutor de la Cadena Ser. En este cine la película que causó sensación fue “Los crímenes del Museo de Cera”. Aparte de su mayor o menor calidad, por las discusiones que planteó en orden a la censura. Incluso amonestaron a chavales en su colegio por haberla presenciado.

También en Santa María de Gracia, en la parte posterior del convento que daba a la calle Pleitineros, a principios de 1960 se inauguró el Cine Ramos, de la empresa Ramos. Este cine tenía el gran inconveniente de que era pequeño, y además el ruido de paso constante de coches y no digamos de el Autobús de Cañero; pero no obstante estuvo funcionando unos seis años, y se puede decir que la película de su estreno fue «Los Cañones de Navarone», que constituyó un éxito de público. Durante aquellos años de 1960, La «Peña el Príncipe» de San Lorenzo, celebró allí varias verbenas. En una de ellas uno de los hermanos Mancha (Bernabé) y su esposa Pilar Roldán, ganaron un concurso de baile. Hay que decir que la tal Pilar Roldán, era una mujer que se hizo famosa en San Lorenzo porque de joven lanzaba el «Diávolo» como nadie, y un día en mitad de la plaza de San Lorenzo le faltó poco para llegar al primer piso de la torre.

Por último, en Santa María de Gracia también y haciendo esquina con la calle Pedro Verdugo, el agricultor Añón, en un amplio terreno que tenía, inauguró en el año de 1952 un cine llamado Cine San Lorenzo, con la película «Dumbo». Pero este cine duró poco tiempo, pues este hombre no estaba metido en ningún circuito de películas y no conocía bien el negocio, por lo que terminó con esta aventura y puso en su lugar una granja de gallinas.

Este ha sido el recorrido por los cines de verano de Córdoba de mi entorno más conocido. Pero no puedo dejar de citar otros más aunque sea de pasada:

Cine Alfonso XII situado en la calle del mismo nombre nada más salir de la calle Francisco de Borja Pavón. Terminó siendo un almacén de materiales de construcción. En su fachada aún sobresale en relieve un escudo heráldico .

Cine Imperial que se construyó al principio del Barrio Cañero, a la izquierda, en esa zona que quedó sin construir por la Obra de la Sagrada Familia al negarse los dueños de la Huerta “La Portada» a venderla. Cuando finalmente se vendió quedó un amplio espacio sin urbanizar donde se pudo ubicar este cine. Era de la empresa Hermanos Ramos.

Cine Cañero. Lo dicho para el Cine Imperial es válido para este Cine Cañero, que fue propiedad de la empresa Hermanos Sánchez Ramade.

Cine Esperanza ubicado en el rellano o plaza que hace la calle Ravé, fue cerrado muy pronto, a mediados de los años cincuenta.

Cine Infantas, en Las Margaritas. En los inviernos los fines de semana montaba sus bailes con orquesta y todo y aquello le dio fama por sus bailes.

Cine Benavente ubicado en una calle que daba a la plaza de Santa Teresa del Campo de la Verdad. Era un cine, pudiéramos decir, «particular» de los vecinos de «Villa Cachonda» nombre que el que también se conocía al viejo barrio de Miraflores o Campo de la Verdad. Aumentó sensiblemente su clientela cuando se mudaron allá por los años 1952-55 muchas familias a las casas del Barrio de Fray Albino. No se conocían allí alteraciones de orden público, pues el bigotudo vecino Cabo Pino, del Cuartel de la Guardia Civil en la Calahorra, mantenía el orden por toda aquella zona.

Cine Goya, situado en plena Ribera, tenía su clientela asegurada con la gran abundancia de vecinos que entonces había en las calles Cardenal González, Lucano y el propio entorno de la Ribera.

Cine Rinconcito, en la Puerta del Rincón. Su estrechez era paralela al callejón de Adarve, y sobre él se construyó luego el Cine Isabel la Católica, que fue la «joya» de los cines de Córdoba.

Cinema España ubicado en la Huerta de la Reina, era el cine de los vecinos de aquel castizo barrio.

Campo de Deportes, era el nombre que se le dio al Estadio de San Eulogio, donde se ponía un cine de verano para el disfrute de los vecinos de aquella zona del Barrio de Fray Albino.

Ciudad Jardín, cine que se habilitó en lo que fue la antigua «Piscina de Ciudad Jardín» (quiero entender que propiedad de los Mialdea).

Cine Albéniz, también situado en el barrio de Ciudad Jardín, muy cerca de la Facultad de Veterinaria. Este local y solar fue de la familia de los Pedro López, al igual que toda la finca donde se levantó la «Ciudad Jardín». Es curioso que le pusieran el nombre de Albéniz, nombre clave que solía tener esta familia de banqueros para denominar su cuenta «corriente» en el Banco Popular, y posteriormente en el Banco Andalucía.

Cine San Cayetano situado en la laboriosa Avenida del Obispo Pérez Muñoz (Ollerías), junto a la casa del torero Martorell y frente a la calle Ángel de Torres. Quiero recordar que en este cine se produjo la proyección de “El pescador de coplas”, de Antonio Molina, un éxito arrollador al que acudieron muchos vecinas de las calles Muro de la Misericordia, Empedrada, Moriscos, Cárcamo, Piedra Escrita y Horno Veinticuatro.

Cine Lucano, donde hoy está construido el Centro de Salud y antes estaba un cine de invierno del mismo nombre. Era un cine muy concurrido pues estaba ubicado en una zona (entonces) muy populosa. El Bar «Los Portalillos» era su antesala, y allí muchos hombres esperaban a que saliera su señora acompañada de los niños.

Cine Electro Mecánicas, ubicado en el antiguo campo de fútbol del equipo de este barrio industrial. Tampoco allí se producía ningún problema, pues el Cuartel de la Guardia Civil tenía su «despacho» en la «Venta San Francisco», y garantizaba el orden y todo lo que fuera menester.

Por último estaban las terrazas de verano del Duque de Rivas y del Cine Góngora, y como cines ya de los años setenta, cuando muchos de los cines antes citados habían cerrado, se puede nombrar el Cine Santa Rosa, ubicado al final de la calle Santa Rosa, en su confluencia con Valdeolleros y el Cine Maxi, construido en mitad de la calle Benito de Baños.

Manuel Estévez