La festividad de San Rafael


Córdoba sigue festejando San Rafael el 24 de octubre, un día que ni conmemora el origen de todo, ni es un día festivo en el calendario litúrgico universal.

Los cordobeses celebramos la festividad de San Rafael tal día como hoy, 24 de octubre. Pero el resto de la iglesia católica celebra el día de este arcángel celestial el 29 de septiembre. San Rafael, no es patrón de la ciudad, pero el 24 de octubre es el festivo más celebrado de todo el calendario litúrgico. Tampoco rafaeles y rafaelas celebran su día para conmemorar el juramento de San Rafael como custodio de Córdoba: eso fue en la olvidada fecha del 7 de mayo. Si el 24 de octubre no es ni la onomástica del ángel divino, ni coincide con la fecha  de su compromiso con Córdoba, ¿por qué este día? Seguro que la mayoría de los lectores conocerán la respuesta, pero parece interesante realizar un recorrido histórico para conocer cómo se fue forjando a lo largo de los tiempos la devoción a nuestro Custodio y su celebración festiva.

“Yo te juro, por Jesucristo crucificado, que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por guarda de ésta ciudad”. Con estas palabras culminaron las apariciones de San Rafael al sacerdote Andrés de las Roelas. Fue un 7 de mayo de 1578. Tales manifestaciones supusieron dos hechos trascendentes para el futuro de la iglesia de Córdoba: de un lado, la identificación de los huesos hallados unos años antes en la iglesia de San Pedro, como los restos de los mártires de Córdoba. Por otro, el reconocimiento del santo arcángel celestial como custodio y eterno protector de nuestra ciudad.

Pero esta aparición y la revelación correspondiente fue un hecho privado, ocurrido en la intimidad de la alcoba del presbítero cordobés. ¿Cómo llegaron tales hechos a ser conocidos y reconocidos por la ciudad? Sigo en este hilo histórico a Enrique Redel, en su imprescindible libro San Rafael en Córdoba. Corría el año 1602 y una terrible epidemia de peste asolaba nuestra ciudad. El 7 de julio, día de san Argimiro, uno de los mártires de Córdoba, sacaron en procesión, desde la iglesia de San Pedro hasta la catedral, la urna que contenía los restos de los mártires cordobeses. La rogativa acabó con el contagio, cosa que aprovechó el sacerdote Luis del Pino para presentar “las revelaciones que fueron escritas veinticinco años antes y él conservaba, desde que falleció Roelas, sin que nadie las hubiese leído”, según escribe Redel.

Queda claro por el anterior dato que a principios del siglo XVII ya existía una veneración popular de las reliquias  que habían aparecido en San Pedro en 1575, como la de los santos mártires de Córdoba. Así lo había certificado Ambrosio de Morales para el rey Felipe II mediante auto de 13 de septiembre de 1573, y el caballero veinticuatro del cabildo municipal de Córdoba, Juan de Castilla, para la iglesia de Córdoba, confirmándose en el Concilio de Toledo por Decreto de 22 de enero de 1583. Pero restaba el segundo de los acontecimientos: la consideración de San Rafael como custodio de Córdoba. Fue  la iniciativa antes referida de Juan del Pino la que hizo que se abriera causa en la iglesia de Córdoba, que acabó con el Auto del canónigo de la catedral de Córdoba Fernando Mohedano Saavedra, provisor en sede vacante de su obispado, quien en fecha de 6 de agosto de 1603 aprobó como ciertas las revelaciones de San Rafael al padre Roelas, y con ello, su condición de custodio y guarda de nuestra ciudad. La iglesia local, ahora sí, reconocía el juramento de protección a Córdoba.

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San Rafael en el Círculo de la Amistad, 2021 / Foto: LVC

Quedada todavía un largo camino por recorrer. Roma debía reconocer lo que ya la iglesia cordobesa había declarado como cierto. Una nueva epidemia de peste en 1649 hizo que el cabildo municipal de Córdoba solicitara a su obispo que concediere rezo e hiciese festivo el día 7 de mayo, en memoria de la aparición y revelación de San Rafael. El titular de la silla de Osio respondió que nada podía hacer sin licencia de su santidad el papa. Córdoba se puso manos a la obra, solicitando ante la Congregación de Ritos el reconocimiento como festivo de la ciudad del día 7 de mayo. Resulta curioso como se recogen en las actas capitulares de nuestro cabildo municipal cómo se comisionó a distintos regidores y clérigos para influir en la voluntad de los integrantes de la citada congregación. Los cardenales españoles votaron a favor y los franceses en contra, “que a cualquier negocio de España luego lo contradicen”, según reza (nada nuevo bajo el sol). La propuesta salió por mayoría el día de san Nicolás de 1650, concediéndose rezo y que fuese día festivo en Córdoba el 7 de mayo. No habría sido posible sin el apoyo popular surgido en los cerca de setenta y cinco años desde las apariciones de San Rafael.

La concesión de fiesta y rezo a San Rafael le costó a Córdoba setenta y cuatro escudos de oro y un real. Poco para tanto regocijo. Obtenida la licencia papal, poco tardarían los cordobeses en hacer efectiva la fiesta. Fue al año siguiente, 1651, cuando para celebrar el acontecimiento se celebró una justa literaria y se corrieron toros. Dos datos destacan de esta primera celebración de la festividad de San Rafael: en las corridas celebradas los días 31 de mayo y 3 de junio en la plaza de la Corredera, se recoge por primera vez la existencia de toreo a pie (frente al toreo caballeresco), en esa evolución de la tauromaquia que acabaría triunfando un siglo después. Por otro lado se levantó en el puente romano la escultura que hoy pervive de San Rafael. El ángel que hoy sigue siendo alumbrado por la devoción cordobesa surgió de la primera festividad oficial de nuestro custodio.

Los años siguientes y todo el siglo XVIII son años de consolidación de la devoción de San Rafael en Córdoba: se aprobaron las constituciones de la hermandad (1655), se erigió en la torre de la catedral la imagen de San Rafael (1664), se bendijo la originaria iglesia (1732), se levantaron los primeros triunfos por toda la ciudad… Y en 1738, “la Sagrada Congregación de Ritos, a instancia del Cabildo Catedral, concedió el 27 de septiembre que se pudiera rezar a San Rafael una vez al mes con rito semidoble, en días no impedidos, exceptuándose los tiempos de cuaresma y adviento”, según nos cuenta Enrique Redel de boca de Manuel González Francés.

El complicado siglo XIX español también tendría su reflejo en la devoción del arcángel de Córdoba. Entre 1805 a 1818, cabildo catedralicio, municipal y obispo de Córdoba muestran su conformidad con solicitar a la Santa Sede, que el día de San Rafael se elevare a fiesta “de primera clase”, con rezo y octava. Las reticencias iniciales de la iglesia cordobesa son vencidas por el interés popular, encabezado por la Hermandad de San Rafael y por los abogados de la ciudad, institución vinculada desde su origen al custodio de nuestra ciudad. Es destacable la petición que éstos le dirigen al cabildo municipal con el fin de que el día de San Rafael sea feriado “con vigilia y ayuno”, pidiendo la mediación con el prelado y el cabildo catedralicio, “pero si éstos se negaren a ello, no manifestando motivos suficientes, pudieran muy bien el Ayuntamiento, en representación del pueblo, dirigirla por sí y sin concurso ajeno”. No tengo constancia de respuesta eclesiástica, pero sí de la civil: por Real Orden conocida por el municipio el 14 de noviembre de 1825, su majestad desestimó reconocer el 7 de mayo como fiesta de precepto de primera clase y el 24 de octubre como fiesta de segunda clase.

Este último dato refleja cómo la festividad de San Rafael se empieza a desligar en Córdoba el día 7 de mayo para pasar al 24 de octubre. La razón puede ser clara: era el día en que la iglesia católica celebraba la festividad del ángel custodio, el día de los que llevaban por nombre Rafael o Rafaela, y resultaba difícil en Córdoba no festejar un nombre con tanto arraigo social. Junto a esta deriva también se aprecia cierto rechazo al origen de la festividad. Ya a principios de este siglo, en 1807, cuando el cabildo eclesiástico manifestó su conformidad con que el día de San Rafael se elevara a rito de primera clase, manifestó “no juzgar conveniente que en las lecciones del segundo nocturno se hiciese memoria de las apariciones”. Sin poder definir exactamente el alcance y la razón de tal decisión, otro dato apunta en el mismo sentido. Ya en 1884 el magistral González Francés, junto a otros párrocos y eclesiásticos, presentaron una solicitud al Sr. obispo para que “se redactase y aprobase un oficio propio de la aparición del Ángel a Roelas… pero la Diputación de Ceremonias del cabildo no informó favorablemente”.

La suerte estaba echada y el día 7 de mayo acabaría en el olvido de la festividad de San Rafael en Córdoba en favor del día 24 de octubre. Es muy descriptiva una gacetilla publicada por el Diario Córdoba el día 26 de octubre de 1890 por la que se impulsaba que se dirigiese un mensaje a su santidad para que declarase día de fiesta el de nuestro custodio, indicando que el citado día 24 de octubre “aunque no es de precepto, entre nosotros se celebra como si lo fuera, cerrando las puertas de las tiendas de comercio y festejándose con romerías a la sierra y obsequios extraordinarios en las casas”. Todo se puso de nuevo en marcha y el Ayuntamiento de Córdoba, en sesión celebrada el 20 de noviembre de ese año, dio cuenta de la petición que la Hermandad de San Rafael hacía al propio ayuntamiento, al obispo de Córdoba y a su cabildo catedralicio, para hacer cuanto fuera necesario para que la Santa Sede declarase fiesta de primera clase el día 24 de octubre, “y se acordó así”.

Entramos así en el siglo XX con la celebración de San Rafael asentada y disfrutada el día 24 de octubre, que era la fecha propia del calendario litúrgico universal de la iglesia católica. Dos últimos hechos son dignos de destacar en este siglo:

El Concilio Vaticano II, de tanta trascendencia en la iglesia actual, provocó las últimas incidencias en la fiesta de San Rafael. Mediante la constitución apostólica Sacrosanctum Concilium ordenó revisar el calendario litúrgico y las fiestas de los santos, para dejar en el calendario sólo la memoria de aquellos “de importancia realmente universal”, dejando la celebración de otras festividades en manos de las dióceis, las naciones y las familias religiosas. El motu propio de Pablo VI Mysterii Paschali, emitido el 14 de febrero de 1969, inició la última  reorganización del año litúrgico de la iglesia católica. Siguiendo el mandato papal, la Sagrada Congregación de Ritos aprobó el 21 de marzo de 1969 el Decreto  Anni liturgici que establecía el nuevo calendario del año litúrgico romano. En él se reunificaron las fiestas de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael el día 29 de septiembre. Ahora bien, los principios fijados por este nuevo calendario para el rito romano permiten calendarios particulares en ámbito como el de la diócesis (siguiendo esa aproximación al creyente impulsada en el Concilio Vaticano II), con celebraciones propias, armonizadas con las universales y aprobadas por la Santa Sede. Es lo que aconteció con la festividad de San Rafael en Córdoba, por cuya fuerte devoción y arraigo popular se mantuvo en la fecha del 24 de octubre.

La segunda incidencia se provoca por otra indicación dentro de la carta apostólica. En  Mysterii Paschali se establecía que “cada santo debe tener una sola celebración en el curso del año litúrgico”.  Quedaba un problema que resolver. El calendario litúrgico cordobés mantenía dos fechas para festejar en Córdoba a San Rafael: la del 7 de mayo (particular de nuestra ciudad desde el siglo XVII y ya olvidada) y la del 24 de octubre, celebrada en estos momentos por todos los cordobeses y respetada por Roma. Esta dualidad de fiestas religiosas tuvo su fin el 11 de mayo de 1970. Ante el nuevo calendario litúrgico, la Congregación de Ritos y Culto Divino invalidaba para Córdoba la fiesta del 7 de mayo ante la duplicidad existente.

Así, Córdoba sigue festejando su fiesta de San Rafael el 24 de octubre, un día que ni conmemora el origen de todo, ni es un día festivo en el calendario litúrgico universal. Pero ese 24 de octubre es el que llevan los cordobeses celebrando su fiesta hace ya más de un siglo. De nuevo, y de alguna forma, se impuso esa fuerza que tiene la religiosidad popular en la tierra de María Santísima. Quizá haya que hacer un esfuerzo para recuperar la memoria del 7 de mayo. Un mayo con San Rafael más presente sacaría a la luz otra singularidad del mes de Córdoba. O quizá no, y sea mejor dejarlo todo a la voluntad del arcángel protector.

Mientras tanto: “pues el Todopoderoso / en vos nuestra salud fía: / Rafael, al que en vos confía, / dadle salud y reposo”.

Antonio Rodríguez