La Bodega del Alma


Y tal cual se explaya todo el cordobesismo más auténtico en el zaguán de Bodegas Campos, una casa con olor a Montilla Moriles

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En una ciudad (hoy ya la mayoría) que cada día pierde algo de autenticidad, de verdad, de esencia, de personalidad, causa de los inhumanos cerebros que derriban y construyen, que planean y destrozan, es de enorme agradecimiento que aún quede un reducto vivo del alma  tímida de esta milenaria ciudad que agoniza pisoteada.

Escríbía Ricardo de Montis, en Abril de 1924, la siguiente descripción:

“El vecindario madrugaba mucho para dar los últimos toques al arreglo de la casa, para barrer, regar y sacar del fondo del arca los trapitos del cristianar, que había de lucir toda la familia. Elegíase para instalarlos una habitación amplia, que tuviese balcones o ventanas a la calle. Los muros de la sala eran cubiertos por rojas colchas a guisa de tapices; alfómbrasela de mastranzos y otras yerbas olorosas y en uno de sus frentes levantábase un altar de varios cuerpos en cuyo centro aparecía un crucifijo o la Virgen de Los Dolores rodeados de jarrones y vasos llenos de flores y de candelabros con velas.  Todos los vecinos de la casa y las muchachas amigas de aquellos, congregábanse para pasar allí la noche velando al Señor. Rondas de mozos deteníanse ante las ventanas de los altares, por las que salía un haz de luz que iluminaba gran parte de la calle y, sombrero en mano, cantaban saetas.”

Y tal cual se explaya todo el cordobesismo más auténtico en el zaguán de Bodegas Campos, una casa con olor a Montilla Moriles, con los ecos de Lola Flores, Carmen Sevilla o Imperio Argentina, con la pisada de reyes, embajadores, primeros ministros y hasta toreros sobre el enchinado cordobés de su entrada. Allí está plantada la dolorosa, entre poemas de García Baena, Antonio Gala o Salcedo Hierro, entre las fotos desvaídas por el tiempo que un enamorado del arte que ya se fue iba colgando una a una, entre colchas rojas y mantones de manila hechos girones, simulando, como decía Ricardo de Montis, nobles tapices. Claveles rojos y lirios morados de la campiña parecen esperar a aquellas pandillas de muchachos que animados por la copita de Machaco se arrancaban por cuarteleras la noche del Jueves Santo frente a estos altares domésticos.

Entre esas macetas de clivias reventonas, entre los candelabros gastados de Miguel del Moral, el encaje cosido a mano al mantel de hilo remendado y las orzas de barro duerme el alma de esta ciudad, que ya espera que vuelva a ser Jueves Santo el año que viene para que, ante el altar de Bodegas Campos, vuelva a desfilar, como lo viene haciendo desde hace más de cien años, la Virgen a la que García Lorca llamó “prisionera de las rosas”.

Rafael Cuevas

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