La Buena Muerte: LXXV años en silencio


La devoción de los seminaristas quedaba sembrada, y fueron muchos los que participaron en las Estaciones de Penitencia de la venerada imagen

Fue hace setenta y cinco años, a la una de la madrugada de aquel Viernes Santo: se abría el portalón de San Hipólito y, con el tañir de la campana de la Real Colegiata como fondo, del interior apagado de la Iglesia brotaba un manantial de túnicas negras ceñidas por sus cinturones de esparto… Atravesando el cancel, con el cirio en cuadril, iban adentrándose en la Plaza que, bañada por la luz de la Luna, se encontraba abarrotada de miradas curiosas contemplando el caminar grave y reposado de los altos, severos, y silenciosos nazarenos. Al final, entre el espesor del incienso y la tenue luz de la cera que portaban las filas penitentes, se vislumbraba en la oscuridad del templo una silueta que poco a poco, y según avanzaba hacia el dintel, se iba dibujando con más nitidez, hasta salir definitivamente y mostrarse a un pueblo de Córdoba, que quedaba asombrado ante su serena belleza y armónica perfección… El Cristo de la Buena Muerte, por primera vez, iba a recorrer las calles de la urbe milenaria. 

Cristo de la Buena Muerte. Foto: Eva M. Pavón

En la imponente talla que trazase la magnífica gubia de Castillo Lastrucci, se dan cita una advocación entrañable y profunda en su significado, y una expresión artística muy singular y característica. Dos corrientes, dos cauces, se reúnen así, mansamente, en la silueta inconfundible del Cristo de la Buena Muerte: una es la que mana de los siglos medievales y tiene puestos sus ojos y su pensamiento en la hora final del ser humano, y la otra es la que presenta al Crucificado como expresión cristológica del instante en que, para nuestra salvación, el Redentor entorna los ojos exhalando Su último aliento de vida.

El reloj del tiempo nos lleva a paisajes del pasado, a un período singular en la Historia de la Iglesia y de la Civilización occidental: el Siglo XVI, y en buena medida, a las etapas precedentes. Es una etapa especialmente marcada por el influjo de la muerte en la sociedad de la Christianitas. Esta fuerte huella de su presencia se debe a dos circunstancias fundamentales: por una parte, las grandes hambrunas que surgieron a raíz de las importantes confrontaciones bélicas que se fueron desarrollando en la Centuria anterior, como fueron la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, la invasión europea por el turco, llegando hasta Bulgaria, o la inigualable hazaña de la Reconquista en Hispania frente al Islám, entre otras. Todas ellas supusieron un elevado coste de vidas que arrastró consigo la falta de recursos alimentarios.  Y en segundo lugar la aparición en períodos previos de ese Siglo XVI, de grandes epidemias. Así se dieron cita en el suelo continental una gran extensión de la lepra a lo largo del Siglo XIII, y ya en el Siglo XIV, hizo acto de presencia con toda su fuerza la peste negra. Con ello la muerte adquiría un protagonismo como antes no había hecho.

Las consecuencias tanto del hambre como de las epidemias fueron devastadoras, pero no ya sólo en el plano de la demografía sino también en el de la psicología social: si tenemos en cuenta el gran éxodo que se había ido produciendo de la población rural a la urbana, la muerte se hace ahora mucho más palpable a los ojos del hombre ya que la contempla muy próxima. No es que tenga noticia de que muchas personas han fallecido en cierta lejanía, sino que en donde se concentra la población, se toca la presencia de la muerte constantemente: empieza a ser algo cotidiano, cercano, que se percibe con facilidad.

Cristo de la Buena Muerte. /Foto: Jesús Caparrós

Junto a las anteriores circunstancias, ahora hay que tener en cuenta unos rasgos fundamentales de aquella Sociedad, que iba a situarse en el camino de una nueva etapa en el Pensamiento: de una parte, había hecho su aparición ya el denominado Humanismo que tenía como tendencia común –dentro de las diversas corrientes de aquél- situar al hombre en el centro del Universo, con lo que iba apareciendo así, en el fondo, un pensamiento individualista. De otra, el Cristianismo, que había sido la base de toda la organización social y política durante la Edad Media, aún permanecía con vigor en la conciencia social, aun cuando comenzaban, precisamente en este Siglo, las voces críticas y discrepantes. Ambas circunstancias, conllevan a que la muerte despierte interés al ser objeto de una visión diferente: ahora hay interrogantes desde un prisma distinto. 

Una de las primeras consecuencias de ese interés por la muerte, y en relación con las circunstancias sociales que apuntamos –hambrunas y epidemias- será la aparición de la Orden de la Buena Muerte, cuyo fundador será San Camilo de Lelis. Nacido en 1550 en Bocchianico de los Abruzzos, (Nápoles) su vida, un tanto libertina y desarreglada en su juventud, se verá fuertemente transformada cuando, perdida su fortuna, se enrola en el Ejército, participa en varias batallas, y sufriendo una importante herida, vuelve los ojos a Dios. Pronto llegaría Su llamada y se ordenaría como sacerdote ya en 1584. En ese mismo año, fundó el Instituto de Padres de la Buena Muerte, para el socorro y cuidado de los que se hallaban desatendidos en la última hora. Este proyecto permitió a la Iglesia canalizar la asistencia en sus casas a quienes iban a despedirse de esta vida. La parte fundamental de ese socorro se refleja en las etapas preparatorias de arrepentimiento y toma de conciencia en los momentos finales del asistido, y en los que acompañaban los hermanos de la Orden, educados también en la Medicina. Guiaban al agonizante ejerciendo el arts moriendi, tratando que esta vivencia final fuera asimilable con atención del dolor, y llevando igualmente el tratamiento espiritual. 

Cristo de la Buena Muerte. /Foto: Jesús Caparrós

La Orden de la Buena Muerte creció y se hizo altamente conocida en la Ciudad Eterna, siendo reclamada para múltiples acciones, que llegaron a otras ciudades como Milán. Viendo Camilo lo fructífero de su labor, solicitó de Sixto V un breve Apostólico para aprobar su Congregación, y fue así confirmado su deseo el 15 de Marzo de 1591, mediante una Bula Pontificia, ya de Gregorio XIV. La obra de Camilo de Lelis fue alcanzando una gran extensión, y se vio altamente requerida en años posteriores debido a nuevas epidemias que asolaron Roma, como la de 1594, junto al desbordamiento del Tíber dos años después. Incansables en su tarea, los hermanos trasladaban a los enfermos a hospitales y los asistían permanentemente. De la mayor parte de las ciudades de Italia reclamaban la acción de la Congregación, que ya no sólo se limitaba a asistir en domicilio y hospitales, sino que comenzó a construir sus propias casas que se expandirían con el devenir del tiempo por el Continente europeo, y después por América. En 1607 Camilo renunciaba al generalato de la Orden al no poder ya con tanta responsabilidad, pero seguía en su incansable labor caritativa según sus fuerzas se lo permitían. Entregaba su alma el 14 de Julio de 1614, y el 20 de Julio de 1742 era elevado a los altares por Benedicto XIV. 

En aquel mismo Siglo XVI en que comenzaba su andadura la Orden de los Padres de la Buena Muerte, tuvo lugar un hecho trascendental para la Historia de la Iglesia: la fundación de la Compañía de Jesús por el español Ignacio de Loyola. El fin de la Compañía era la propagación y refuerzo de la fe católica en todas partes, y así, los jesuitas se esforzaron naturalmente en contrarrestar la extensión del Protestantismo: a estos adalides de la Contrarreforma se debió la reconquista del Sur y del Oeste de Alemania, y de Austria, para la Iglesia, como la conservación de la fe católica en Francia y otros países.

Cristo de la Buena Muerte. /Foto: Luis A. Navarro

Entre los caracteres fundamentales de la nueva Orden, se encuentran el apostolado y la actividad caritativa, destacando por su esencial carácter formativo y espiritual, y su elevada intelectualidad. Del mismo modo en que las órdenes anteriores habían establecido para la conversión y la dirección espiritual de los laicos las denominadas Ordenes Terceras –de las cuales las primeras fueran las de franciscanos y dominicos, allá en el Siglo XIII-, la Compañía de Jesús se valió para su labor entre los seglares de un poderosísimo instrumento, que daba nueva forma a esta labor y se extendería con celeridad y éxito: las Congregaciones marianas. Estas, constituyeron una aportación fundamental para el culto a María durante la Edad Moderna. Se trataba de grupos de personas que, bajo la tutela de un padre jesuita, se reunían para seguir un modo de vida que buscaba integrar la fe y las virtudes cristianas con la vida diaria. 

La Orden de los Camilos dejaba una huella indeleble y significativa en la conciencia social sobre la necesidad de una buena muerte. Por su parte, desde sus inicios, la Compañía venía predicando los principios inconmovibles de morir en estado de gracia y esperar así, como don del cielo, una muerte santa y buena. Había asimilado para sí el venero que naciera con los padres de la Buena Muerte. En este contexto histórico son muchos los casos en los que el P. Ferrusola cuenta la mediación de María para conseguir que sus congregantes pereciesen en estado de Gracia divina. 

Con esa profunda raíz que venimos relatando, y que había ido floreciendo también en la Compañía de Jesús, en la Venecia de 1600 surge un movimiento de fieles que se reunía cada Viernes de Cuaresma durante cinco horas para meditar la idea de la muerte, ante el Santísimo expuesto. Ese grupo se hallaba auspiciado por los jesuitas que, con su fuerte influjo social, permitió que rápidamente la devoción se extendiera por diferentes ciudades y regiones. El primer paso para su configuración serían las normas de conducta litúrgica que a sus fieles concediera Clemente VIII en 1604. 

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Cripta de la Congregación de la Buena Muerte en Il Gesù (Roma). /Foto: LVC

El padre Carraffa, séptimo general de la Compañía fundaría ya en la iglesia romana de Il Gesu la Congregación de la Buena Muerte, el 7 de octubre de 1648, designando como patronos primarios de la misma, a Jesús Crucificado agonizante en la cruz y la Santísima Virgen de los Dolores al pie del Calvario, y los secundarios San José, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena. Una austera lápida de mármol en el templo recuerda la fundación. Ahora, es importante reseñar que María alcanza en el Calvario, al pie de la Cruz, dos títulos enlazados significativamente: el de Virgen de los Dolores y el de Reina de los Mártires. Así, en los devocionarios litúrgicos de la Virgen de los Dolores aparece el título de Regina Martyrum, del mismo modo que en el Calvario de Jerusalén, en presencia de una Dolorosa que allí se encuentra, al celebrar la Eucaristía, se recita siempre esta antífona: “Feliz tú, María, que, sin haber llegado a morir, alcanzaste aquí, la palma del Martirio.” En nuestra Cofradía, en consonancia con tan altos fundamentos, y recordando que fue precisamente en Córdoba donde tantos entregaron su vida por la fe del Crucificado, nuestra Dolorosa ostenta este segundo título, solemne, personal, y entrañable, de Reina de los Mártires, y como en las primitivas Congregaciones, va acompañando al Cristo de la Buena Muerte. 

Para las Congregaciones en general, la devoción mariana era concebida como el verdadero camino hacia Jesucristo. Aquellas eran de diversa índole, pero las Congregaciones de la Buena Muerte se centraron en asistir a personas que se hallaban próximas al tránsito final, y en ofrecer oraciones y rezos por aquellos. Además, continuando con su inicial espíritu, los congregantes de la Buena Muerte mantenían sus horas de reflexión acerca de la muerte y de cómo llegar a ella cristianamente y en Gracia de Dios. La fuerza devocional de estas Congregaciones de la Buena Muerte se denota al sobrevivir incluso a la supresión de la Orden jesuítica cuando esta se produjo. A mediados del siglo XIX el padre Luis Fortis realizó un gran esfuerzo para dar una revitalización económica a la Hermandad romana, que había perdido vitalidad, surgiendo un periodo de auge entre 1834 y 1912, en que fueron agregadas a la Congregación Primaria de Roma 1447 cofradías, de Francia, Alemania, y Estados Unidos. Su profusión ha sido extensísima de la mano de la Compañía de Jesús, y en la actualidad la última agregación se produjo en 1961, viviéndose por lo tanto un momento de crisis coincidente con los avatares del postconcilio, donde tanto se debilitaron los principios de la religiosidad popular y las Congregaciones desaparecieron en gran medida ya en ese período por propia iniciativa de la propia Compañía

Cristo de la Buena Muerte. /Foto: Eva M. Pavón

Es ahora cuando nos adentramos en la expresión plástica de esa devoción, que cristaliza en la advocación que intitula a las imágenes del Crucificado. Tenemos que retornar una y otra vez al Siglo XVI, que tan ricas muestras de floreciente vida de la Iglesia nos dejara. Con el amanecer del Renacimiento, el Protestantismo se extendía por Europa flagelando la paz de la Cristiandad: se vivía una situación de desasosiego: la llamada Reforma, la Contrarreforma, los avatares propios y la inquietud consiguiente. Para arrojar luz, llegaría, por fin, la claridad de Trento. Si Martín Lutero, al clavar sus tesis en la puerta de la Abadía de Wittemberg había iniciado la denominada Reforma, Juan Calvino, severo e implacable, sería uno de sus grandes difusores. En sus dogmáticas tesis no había lugar para la veneración a las reliquias e imágenes a las que atacó sin piedad. En 1543, en Ginebra, en tono irónico, escribía su “Advertencia muy útil al gran provecho que significaría para la Cristiandad si se hiciera inventario de todos los cuerpos y santos y las reliquias que hay tanto en Italia como Francia, España, Alemania y otros Reinos.” En ella, afirmaba cómo en la historia evangélica no hay palabra alguna sobre tal culto, execrable idolatría creada para el abuso del pueblo sencillo. 

Quiso Trento discernir también acerca de las doctrinas de Calvino sobre las imágenes. Fue en su última sesión, la XXV, celebrada el 3 de Diciembre de 1563. En un conciso decreto, de carácter dogmático, se defiende la veneración e invocación de los Santos, y se dignifican las reliquias. Las imágenes de Cristo y de la Madre de Dios han de conservarse y venerarse, pero no porque en ellas se encuentre la Divinidad, como achacaran Calvino y los idólatras, o como insinuara el pueblo al interpretar los milagros. Como hiciera el Concilio II de Nicea contra los iconoclastas, con su reconocimiento, Trento invita a imitar al Representado, (Honor… refertur ad prototypa) al tiempo que las imágenes son auxilio de predicación a la Iglesia, y no pueden contener falsa dogmata. 

Cristo de la Buena Muerte. Foto: Luis A. Navarro

Las imágenes van a ser expuestas para la enseñanza del Pueblo. El Arte, así, proporciona instrumentos sensibles para la piedad, a la vez que sustenta la proclamación del Dogma y la Palabra. A raíz de todo esto tiene lugar un brillante resurgir de la escultura sacra, la cual ya se orienta a una nueva finalidad: la exposición en la calle de las imágenes. Estas, tienen que representar una escena, y toman vida perdiendo su anterior hieratismo y quietud. Comienza a surgir el movimiento en ellas y nace así un nuevo estilo que se conoce como Realismo. De esta raíz va a desenvolverse con el tiempo el que será después conocido como el Barroco, estilo que servirá al fin pretendido con perfecta armonía. Las recomendaciones de Trento van a abrir las puertas de los templos a la devoción de las imágenes, y las mismas recorrerán la urbe para catequizar al pueblo, especialmente en los días de Semana Santa.

En la nueva corriente artística, España vivirá un prodigioso desarrollo en tres focos distintos: Castilla, con Gregorio Fernández a la cabeza, Murcia, cuyo autor central será Francisco Salzillo, y Andalucía, que tiene su escuela bajo la maestría de Juan Martínez Montañés, en Sevilla. Genio de la escultura sacra, era conocido ya en vida, como “el dios de la madera”. Acudían por ello a él quienes pretendían iniciarse y progresar en el arte de la imaginería. Por eso, en su taller hallamos a Juan de Mesa y Velasco trabajando la noble madera. Nacido en Córdoba, consta que fue bautizado el 26 de Junio de 1583 en la Parroquia de San Pedro de su ciudad. En ella dio sus primeros pasos en la profesión de la mano de su paisano Francisco de Uceda, quien cursaría su recomendación al maestro Martínez Montañés, y así, con veintitrés años el artista cordobés allá por el sexto mes de 1606, ingresaba en el taller del “dios de la madera”. Algo más de cuatro años permanecería entre sus muros. Afable y sencillo, fue forjando su personalidad artística con tesón y humildad. Poseía altísimas cualidades para el arte de la gubia, y poco a poco se fue incardinando en el nuevo estilo que ya se iba implantando: el Realismo. Alguna recriminación de su maestro debió costarle a Mesa  su adscripción a la nueva estética.

Tras contraer matrimonio con María de Flores en 1613, y en ese mismo año, se decidió el joven artista a abrir taller propio, animado por el maestro Martínez Montañés, y su propia esposa. Sería el del Amor el primer Crucificado que realizara Juan de Mesa, llevando con gran destreza la gubia con que dibujaba la muerte de Cristo, primera obra de esta naturaleza, y precedente de una serie magistral de ellas, en la que ya se plasmaban la personalidad y el carácter del joven artista. 

Animado por sus propios progresos y el reconocimiento que iba alcanzando, se compromete poco después a tallar para la Casa Profesa de la Compañía de Jesús un Crucificado, que se conocería de la Buena Muerte, advocación de clara vinculación con la citada Compañía. Laten en este gran crucificado aún aires montañesinos, pero añadía ya Mesa ciertos rasgos personales, que reflejaban más realismo en la muerte. La admiración levantada dio lugar a que le solicitaran otro de condiciones semejantes, prestándose a ello y ejecutándolo, el cual se encuentra hoy en la Catedral de la Almudena, de Madrid. De similar traza, aunque con alguna diferencia más notable, talló otro que se halla en Lima.

Otros autores del mismo taller de Juan Martínez Montañés, como fue el caso de Felipe de Ribas, también trazaron un Cristo crucificado con semejantes características. El suyo sería el que quedara en la Iglesia sevillana de San Julián, y procesionara con la cofradía de la Hiniesta, hasta que allá por el año de 1932, un incendio que devastó el templo, acabó también con la bellísima imagen. En Cádiz, un portentoso Crucificado del Siglo XVII se halla bajo la misma advocación y representa con estremecedora dulzura la muerte de Cristo. Atribuido hasta hace poco tiempo a Martínez Montañés, como tantas otras obras del Barroco, sin embargo, van apareciendo más nombres en su posible factura, como el de Alonso Martínez.  Finalmente, otra gran imagen de la Buena Muerte de Cristo del mismo Siglo, sería realizada por Pedro de Mena y procesionaría con la Congregación de ese nombre de la ciudad de Málaga. Alcanzaría una gran veneración y sería una imagen especialmente querida en la ciudad, pero también a comienzos de los años treinta del pasado Siglo fue destruido por las llamas.

En todos estos Crucificados, magistrales obras de la imaginería andaluza del Barroco, hay una serie de notas comunes, propias así del Cristo de la Buena Muerte. La misma es lógico que se represente plásticamente recogiendo la escena del Calvario. El Crucificado aparece clavado en la cruz con tres clavos, sin el sedile o apoyo para los pies, con paño de pureza que se sitúa normalmente en el lado derecho, y llegando sus extremos a la parte posterior de la rodilla con la inclusión en muchos casos, de abundantes pliegues que causan un dinámico movimiento. La cabeza de Cristo suele caer hacia el lado derecho, siempre cubierta con cabellos que caen a ambos lados de los hombros, y en el cuerpo del Redentor aparecen la herida de la lanza en el costado y la sangre, sin abundancia, que confirma su doloroso sacrificio martirial.  Se encuentra desplomado en la Cruz y es el momento en que el santo cuerpo de Cristo, ya rendido, se entrega al Padre, cerrando los ojos. En Su rostro, como en el del Hombre de la Síndone, no hay signos de extertor, ni rastro alguno de agonía, sino un halo de paz y resignación, de dulce aceptación del Redentor, que cierra los ojos sabiendo que todo está cumplido…

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Antonio Castillo Lastrucci junto al Cristo de la Buena Muerte. /Foto: LVC

A mediados del Siglo XX, en la Real Colegiata de San Hipólito de Córdoba, un grupo de personalidades ilustres fundaba la Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, conocida como la de “El Silencio” por la que sería su disciplinada Estación de Penitencia. Auspiciaba la fundación, como en las primeras Congregaciones, la Compañía de Jesús, y singularmente el Superior de la Comunidad, Rvdo. P. José Fernández Cuenca. Con ello se retomaba aquella raíz primigenia jesuítica, que se plasmaba en la agregación desde sus primeros pasos a la Congregación Primaria de Roma. Para labrar la efigie de los Titulares de la Cofradía, se pensó en un señalado artista de la época, que ya había ejecutado importantes obras: Antonio Castillo Lastrucci, afamado escultor de la vecina ciudad de Sevilla. Justo era su reconocimiento, desde luego. En su haber quedaba recientemente haber sustituido la imagen perdida de la Cofradía de la Hiniesta, por un nuevo Crucificado. Para ello, el autor profundizó en las raíces de la Buena Muerte del Barroco andaluz y así, siguiendo los deseos de la Junta de Gobierno de la Hermandad, talló el Cristo integrando elementos de los grandes imagineros barrocos: de canon alargado, la cabeza y el cuerpo recuerdan al Cristo de la Clemencia, magistral obra de Juan Martínez Montañés,  y los Cristos de la Conversión y de los Estudiantes, de Juan de Mesa, en los que se inspiraría para tallar las piernas, y que son referentes para el sudario. 

Sin embargo, la naciente corporación cordobesa tomaría otro criterio, parecido pero propio y diverso, el cual otras Cofradías seguirían posteriormente, y así consta que “(…) Acordó colocar a la hermandad bajo la advocación del Cristo Crucificado en el momento fisiológico o físico de la Muerte, con el nombre de Cristo de la Buena Muerte, de especial devoción en la Compañía de Jesús (…) A tal efecto, el Señor Losana, que fue discípulo del maestro imaginero Don Antonio Castillo Lastrucci, fue encargado de tal misión y así, en la primavera del año del mil novecientos cuarenta y cuatro, se firmó el contrato  (…) de la traza, modelo talla en madera y encarnaduras, de un Jesús Crucificado bajo la advocación de Santísimo Cristo de la Buena Muerte, la cual escultura, y sin menoscabo del sello original que ponga su autor, deberá tener concordancias estéticas y espirituales con el del mismo nombre que se venera en la Iglesia de la Universidad Hispalense, salido de las manos gloriosas del imaginero cordobés Juan de Mesa, en el cuarto lustro del Siglo XVII”

Fue un más que acertado logro del reconocido artista que, además de la inspiración en el Cristo de Juan de Mesa, imprimió su propio carácter a la obra, con trazos que reflejaban su personalidad. Llegada la imagen a Córdoba, permaneció en el Seminario Diocesano de San Pelagio, hasta que se ultimó la Capilla que la Compañía de Jesús le había asignado en la Real Colegiata de San Hipólito. Con ello, la devoción de los seminaristas quedaba sembrada, y fueron muchos los que participaron en las Estaciones de Penitencia de la venerada imagen. La primera de ellas, que ahora conmemoramos, tuvo lugar el Viernes Santo de 1946, de la cual hace fe el Acta Fundacional de la Cofradía:

“(…) Por fin, a las una horas de la madrugada del Viernes Santo del año de mil novecientos cuarenta y seis, la hermandad hizo su primer desfile de penitencia, y remitiéndonos al juicio ajeno, el orden, la piedad, el total y absoluto silencio y recogimiento religioso con que los Hermanos de la Buena Muerte hicieron su primer acompañamiento a la Imagen de Su Cristo Muerto, quedó grabada en la mente y el corazón de todos los cordobeses.”

Desde entonces, permanecen vivos en el tiempo la personalidad y el sello de la Cofradía: nazarenos severos y disciplinados, negro y esparto, recogimiento, penitencia y Silencio… En la Madrugada del Viernes Santo, Córdoba, admirada y callada, contempla la Muerte de Cristo según San Juan: “E inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. Es el Cristo de la Buena Muerte. 

 

Juan Luis Sevilla Bujalance

Hermano de la Cofradía.

Pregonero de la Semana Santa de Córdoba 2013.

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