Desplazados


Me fijo que el mismo saco de lona que sirvió para llevarles ropa de abrigo  llegada el año pasado con los contenedores desde Córdoba, sirve hoy para rellenar una parte del techo de una chocita en la arena de la playa. La islita está en el centro del río Mboumou que separa el Congo de la República Centroafricana. Hasta allí han huido 60.000 desplazados de Bangassou y de otros pueblos a causa de la llegada de rebeldes mal intencionados, la mayoría mercenarios extranjeros. “Mal intencionados”, por no decir criminales neuróticos que dicen servir al Islam aunque de éste sean completamente ignorantes. Llegaron en Navidad y tomaron Bangassou el mes de enero. Nos aguaron el año nuevo aunque creíamos que el 2021 iba a ser mejor que el 2020. Esta marea de desplazados, (las fuentes son del HCR, Alto comisariado para los Refugiados, para toda la frontera con el Congo a lo largo de 1.000 kms), tuvieron que huir con lo puesto. Abandonaron sus casas al pillaje de los mercenarios y de los rateros de los barrios, que en estas semana han hecho su agosto. Tuvieron que desatender sus campos que ya estaban preparando para la próxima cosecha. Abandonaron sus pocos enseres y pasaron el río con lo puesto. Algunos, las piraguas abarrotadas, cayeron al agua, y allí dejaron la vida, cuenta la alcaldesa de Bangassou, que también se ha ido, pero por avión a la capital, Bangui. Los niños dejaron el cole y planea la sombra amenazadora de un año en blanco, un curso perdido. Pobre gente, cientos de familias a las que la vida ha puesto muy alto el listón de sus necesidades. Es erre que erre, golpe tras golpe desde 2008 cuando aquellos delincuentes ugandeses de la LRA comenzaron a secuestrar jóvenes en la diócesis de Bangassou. Sin irse éstos, luego llegaron los Seleka en 2013 y luego los antibalakas en 2016 hasta 2019… Y ahora éstos de la CPC (Coalición de Patriotas para el Cambio) que son los Selekas y los Atbk arrejuntados, antes lobos salvajes, hoy hienas de la sabana… Ya digo, ésta nuestra pobre gente, con el listón del aguante a varios pisos de altura.

En Bangassou hemos quedado muy pocos. De las Ong, sólo veo a Médicos sin fronteras (Msf) y a otra que estaba instalándose. La que ocupaba del desalojo de nuestro seminario está missing desde hace más de un mes. Muchos de los humanitarios se habían ido a Bangui para las fiestas de Navidad o a sus países respectivos para “amortiguar el estrés”. Otros se han ido en dos aviones que la ONU ha dispuesto para que huyan a la capital, donde también las cosas están calientes por la misma causa que en Bangassou. Algunos nos han dejado dinero y haberes para que se los guardemos en la misión. Entretanto los rebeldes han sido expulsados de Bangassou por las fuerzas de la ONU ruandesas después de un pillaje intensivo, pero se han quedado a 15-20 km, amenazando con volver y tocando las narices a todos. A los cascos azules, más que las narices, pues el lunes 18 les tendieron una emboscada y mataron a dos jóvenes soldados que habían venido a Centroáfrica a mediar por la paz.

60.000 personas han huido de la guerra por enésima vez, ¿a dónde? Otra vez se han fundido con el vacío, la incertidumbre de cuándo volver, la preocupación de si sus casas han sido destruidas o saqueadas. Una desbandada ciega. Han llegado a un pueblecito allende el río llamado Ndou, ya en el Congo o a las islitas que aparecen en el río durante la estación seca al bajar el caudal de agua. Llega la noche. ¿Adónde ir a dormir? Allí no hay hoteles ni albergues. La gente que conocen, tienen ya gente acogida y están hasta los topes. Buscan troncos, cortan palos, juntan ramas y hojas para pasar la noche. Si tienen la suerte de encontrar una lona de la ONU, aunque sea a un precio exorbitante, la habrán comprado y se han resguardado del frío de la noche bajo de ella. Ahora hay que buscar qué llevarse a la boca y entrar en una especie de carrera loca para poder comprar un trozo de algo. Poco a poco, van encajando en un puzle estrecho en donde no caben todos. Promiscuidad a tiempo indefinido. Precariedad sin límites en una isla de arena o al borde de un barranco, no lejos de las letrinas comunes. Ya van tres semanas en estas condiciones. Uno de los curas de Bangassou está allí para animar a los desesperanzados y decir la Misa haciéndoles sentir de cerca el consuelo de la Eucarística. Los de Msf están yendo a curar los casos más graves. Ayer vi bajar de una piragua, que venía de Ndou, una mujer a punto de dar a luz. Durante la travesía ya le pusieron el gotero, bajó como pudo, seguro que ya dilatando por cómo caminaba, se escurrió en el barro, el bebé casi saliendo allí en mitad de la orilla del río. Los Msf se la llevaron a su base donde seguro que la tribulación ya habrá terminado para ella y para su hija. Cae la tarde y se oyen tiros y ráfagas de metralleta. Hasta que no se oiga nada en varios días, nadie volverá del campo de desplazados (IPDs) y el calvario del día a día seguirá pesando sobre familias que son inocentes, que no han provocado a nadie, que no han decidido nada, que odian la guerra y sólo aspiran a vivir en paz.

Bangassou a  20 enero 2021

Monseñor Juan José Aguirre, obispo de Bangassou (Centroáfrica)

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