Penintentes


Entre los numerosos y variados análisis de la histórica Semana Santa pasada, uno, dedicado a señalar sus luces y sus sombras en una publicación digital de temática cofrade, destaca entre las primeras: “Un acierto erradicar penitentes de paisano de la carrera oficial”. Al impacto del verbo (erradicar, arrancar de raíz) sigue el del entusiasmo de las conclusiones: “Hemos avanzado décadas en un año. Bravo por la medida. Ya era hora”.

En contraste de opiniones, aquellas declaraciones de monseñor Camilo Olivares, director espiritual de la hermandad sevillana del Gran Poder, publicadas en el Anuario de 2009, al evocar vivencias de su infancia: “Y entonces había una cosa preciosa, que eran los cientos de mujeres que iban tras el paso del Señor que incluso en la lista se contaban como parte del cortejo del Señor”. En 1941 se decretaba su supresión. Y leo, al respecto, en otra publicación digital dedicada a la Semana Santa hispalense: “Nacía una prohibición que algunos acabarían interpretando como tradición”. Prohibición burlada a su modo por aquellas mujeres que, con plásticos en la cabeza para protegerse de la cera, vi en lejanas Madrugadas caminar entre los negros nazarenos de Jesús del Gran Poder. Lo opuesto, el orden impecable de la masa de devotos que cada 15 de agosto sigue en Sanlúcar de Barrameda a la Virgen de la Caridad, con las acreditaciones que la hermandad distribuye en los días previos para organizar con dignidad lo que allí se conoce como la penitencia.
Guste o no, la presencia de personas de paisano en los cortejos penitenciales es inherente a la secular manifestación desde sus inicios. Así, en 1579 preceptuaba el capítulo VII de la Regla fundacional de la cofradía de Jesús Nazareno: “Ante todas cosas saldrá el pendón de damasco blanco que de nuestras limosnas se hizo con las cruzes rojas y luego dos dozenas de cirios encendidos a dozena por libra y no los lleuarán con túnicas los cofrades, si no ay cantidad para ello, enpero combidados y particulares de capa negra”.
Al margen de lo estético, lo polémico o lo puramente organizativo, histórica ha sido la Semana Santa de 2017 porque en ella Córdoba se ha reencontrado con la esencia de su genuina celebración penitencial por la estación de sus cofradías, como en sus primeros siglos de existencia, en el primer templo diocesano, en gesto de comunión eclesial del que ha sido excluida una parte significativa de las comitivas procesionales. En mi opinión, ocioso es precisarlo, lamentablemente.
Circunstancias contrarias a mi voluntad me obligan a concluir con este mi serie de artículos para esta sección. De haber sido posible, los hubiese agrupado bajo el epígrafe Fe del pueblo, pues su hilo conductor no ha sido otro que esa religiosidad popular que de siempre me entusiasmó, y a cuyo servicio estamos las cofradías. Obviarlo sería negar nuestra razón de ser.

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