Beato Cristóbal de Santa Catalina


Inolvidable la mañana radiante de aquel domingo histórico, el de la Divina Misericordia del año del Señor de 2013. En la catedralicia puerta de San Miguel, a la espera del legado pontificio que, ante la imagen bendita de Jesús Nazareno y en nombre del papa Francisco, iba a presidir la primera beatificación celebrada en Córdoba, un joven presbítero se dirigía a la superiora general de la congregación nazarena: “Por fin se hace justicia con el padre Cristóbal”.

Hacía justicia la Iglesia reconociendo lo que Córdoba había reconocido hace tres siglos largos en aquel sacerdote que, plenamente consciente de su condición de pecador, había llegado desde su Mérida natal al asiento eremítico de la sierra cordobesa para encontrarse de lleno con el Señor por el camino de la oración y la penitencia. Que, como girasol ante la verdadera luz, sin otro plan que la voluntad del Padre, había atendido como pocos la extrema necesidad de los cordobeses, comenzando por la de las pobres impedidas para las que fundase, aquel memorable 11 de febrero de 1673, la hospitalidad de Jesús Nazareno. Que, también como pocos, había cosechado desde la fe los frutos desbordados de la divina Providencia.
Córdoba entera se rindió ante la evidencia de la santidad del padre Cristóbal, desde las personalidades como el cardenal Salazar, el corregidor Ronquillo Briceño o los nobles hermanos de su cofradía de Jesús Nazareno, a los más humildes entre los cordobeses. “Dejad pasad al santo”, decían los niños interrumpiendo sus juegos al verlo caminar por la ciudad, como lo describe su biógrafo, amigo y confesor, el beato Francisco de Posadas, “los ojos bajos, el semblante compuesto, los pasos modestos, con la capacha al hombro, en que recogía la limosna”.
Tuve el gozo inefable de participar en la presentación del cartel anunciador y en la retransmisión televisiva de la solemne eucaristía de su beatificación; y de ofrecerle entonces, con entusiasmo siempre vivo, aquel

HIMNO AL BEATO
PADRE CRISTÓBAL DE SANTA CATALINA

Porque te ha privilegiado
con su amor el Padre bueno,
ves a Jesús Nazareno,
Cristóbal, glorificado.

Fiel girasol florecido
en emeritense suelo,
y al desierto del Bañuelo
por viva llama atraído.
Pues las cumbres, decidido,
escalas desde el pecado,
ves a Jesús Nazareno,
Cristóbal, glorificado.

Con penitente rigor
vas quebrantando cadenas.
Aroman las azucenas
las espinas de tu ardor.
Pues, descalzo, el rudo alcor
hollas humilde y callado,
ves a Jesús Nazareno,
Cristóbal, glorificado.

La pública utilidad
te requiere en el hermano.
Como luces, en tu mano
abrasa la caridad.
Pues tanta necesidad
es la del Crucificado,
ves a Jesús Nazareno,
Cristóbal, glorificado.

Misericordiosa, siega
tu fe granados trigales,
que milagrosos caudales
la Providencia te entrega.
Pues, colmando la talega,
postulas ensimismado,
ves a Jesús Nazareno,
Cristóbal, glorificado.

De tu santidad la clave
es alegre luminaria
que en tu casa hospitalaria
al cielo orienta su nave.
Pues, como Córdoba sabe,
vida en Dios has alcanzado,
ves a Jesús Nazareno,
Cristóbal, glorificado.

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