Nuestra Señora de los Dolores


Ella “es un legado de lágrimas, patrimonio, testamentaría y solar de la oración atribulada; porque sentimos junto a nosotros el sollozar de los que nos precedieron, las manos implorantes en el hierro de su cancela, las rodillas casi a la sangre por el pedregal del Bailío, la súplica durante siglos del prodigio cotidiano, que a los pies del camarín de la que es Vida y Dulzura de cordobeses, florece con la naturalidad de la candelilla encendida”.

Son palabras del admirado Pablo García Baena, dedicadas a la Señora de Córdoba en su magistral Retablo de las Cofradías. Dedicadas a la que un lejano Domingo de Ramos de 1718, tres centurias va a hacer, conquistó para siempre el corazón de Córdoba en su primera comparecencia procesional de aquel rosario público en el que más de ochocientas luces alumbraron su imagen camino de San Pedro. En aquel mismo año, Juan Prieto gubiaba su definitivo rostro, el que ha sido, es y será faro esplendente de la fe cordobesa.
Para ella, la suntuosidad barroca de las yeserías, el lujo del áureo trono que la eleva permanentemente, presente ante Córdoba como lo estuvo ante los ojos extáticos de los siete santos fundadores servitas en Monte Senario, junto a Florencia. Para ella, la singularidad iconográfica de su atavío, magistralmente definido por su capellán Ángel Redel. Para ella, el lugar de privilegio en la procesión del Santo Entierro, Soledad de Córdoba tras la urna del Yacente en la recuperada Semana Santa decimonónica. Para ella, la corona de Reina de su pueblo aquel 9 de mayo, la multitudinaria plegaria filial de cada Viernes de Dolores.
Para ella, todo, hasta la insignificante emoción contenida en los versos de mi

STABAT MATER

Fiel junto a los patíbulos y las férreas cadenas
de turbios desamores estás, Madre piadosa
que tiernamente oficias en hora tenebrosa
lágrimas enjugando, acariciando penas.

Ortigales emanan fragancia de azucenas
pudiendo contemplarte, que cuando nos acosa
el mal, de toda gracia son fuente generosa
tus labios implorantes, tus pupilas serenas.

Mujer glorificada sobre el crudo Calvario,
tu luto se desborda en cauda de acogida
que en Jesús nos convoca a cabildo plenario.

Sé faro del incierto navegar de la vida,
por siempre manifiesta en cordobés Senario
donde nos enamora tu hermosura transida.

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